No tengo en mi mente alguna imagen donde pudiera ver a esta mujer por primera vez. Sin embargo, me ha acompañado desde que soy un niño. Me enseñó a rezar por las noches, a leer, a escoger la mejor parte de todo. Fuimos muy cercanos en algún tiempo de nuestras vidas que hasta sus regaños eran tan agradables como el olor de un café por la mañana. Toda mi infancia transcurrió guiada por sus enseñanzas. Su temperamento acompañado de días malos era una prueba de paciencia que no todos estaban dispuestos a correr, solo los que conocen su corazón entendían los arrebatos de aquel momento. Debo confesar que muchas veces no hago parte de este selecto grupo que puede entenderte, que hasta me parece irónico, porque pienso en las veces que siendo niño lograste darme lo que en mi lenguaje confuso pedía en gritos desesperados. Hoy por hoy, por mucho que intento no logro adaptarme a ti, tal vez porque nuestras personalidades son diferentes ahora y la vejez toca tu puerta. Desearía poder tener un poder en el cual pudiera estar en tu lugar y comprenderte un poco, y descubrir más allá de ti lo que sientes.

Tengo presente que tienes un corazón inmenso. Lo he podido notar en como tratas a mis hermanos. Buscas la manera de complacerlos en todo lo que te piden, aun cuando tu realidad te limita, aun cuando estén molestos y jures por el mismo cielo no volver a hablarles, ambos sabemos que en un par de horas el corazón te jugara la mala pasada de estar siempre ahí y ellos te buscaran porque te has convertido en el alma y en muchos casos su defensora… En esos momentos entiendo el por qué de tu actuar tan misericordioso con ellos, los amas, los quieres. De hecho te la llevas bien con mi hermana menor, se complementan en casi todo. Es tu bastón, tu fuerza, tu apoyo.

Cada mañana bajo las escaleras siempre a prisa y te veo sentada en tu silla dando indicaciones, durmiendo o en silencio. Me despido de lejos y siempre me bendices. Cuando salgo solo pienso en la manera de que puedas llevar una vida mejor y pensando en todas las cosas que quiero ofrecerte, por ejemplo, unas vacaciones. Pero no lo notas porque soy un poco reservado en lo que siento. Temo el día en que baje las escaleras y solo haya unas sillas vacías…ese día un gran vacío me golpeara tan fuerte, mi corazón estará quebrado esperando que Dios pueda construir cada parte, los días no serían igual, en tu partida te llevaras un pedazo de mí que no regresará…Ese día tendré muchas ganas de abrazarte, pero solo contare con tu recuerdo.

Solo veré ese día tu imagen dándome la bendición no desde la silla sino desde el mismo cielo…

No quiero pensar que pude haber hecho algo para que tu vida fuera mejor. Estamos a tiempo.

Posdata: Abuela si lees esto, por favor, no te vayas todavía… aún quedan muchos te quiero por decir.