La vida es una lucha constante y decirlo así, hace que pensemos que es sumamente difícil y no, es que el solo hecho de nacer implica una lucha, al igual que respirar. Esto solo quiere decir que los humanos nacemos facultados para ser unos guerreros.

Luchamos contra las enfermedades, los problemas, los adversarios reales o imaginarios, con los obstáculos y barreras en todo momento de la vida, desde bebés.
La cosa está en aprender a luchar con inteligencia, perseverancia y con la claridad meridiana que la lucha vale la pena y somos ganadores.

Claro que no siempre ganamos y de las caídas aprendemos a sacudirnos, levantarnos y seguir adelante. De esas caídas también aprendemos a escoger mejor a que le invertimos el esfuerzo de una lucha, es decir, aprendemos a escoger las batallas y si somos hábiles, convertimos un maestro de cada contendor.

Un maestro, porque el contendor nos muestra una cara nuestra, un defecto que odiamos en nosotros; nos enseña las debilidades que tenemos y a la final, nos enseña a ser más fuertes y mejores.
Luchando aprendemos a entender que hay peleas inútiles. Ya hoy sé que la política, el fútbol, la religión o la sexualidad no son temas para debatir, por ejemplo.

Pero la lucha más dura, más intensa y más dolorosa de todas es la que hago cada día contra mí. Contra mi soberbia, contra mi rabia, contra mi deseo de criticar al otro, contra mi pereza. Contra mi cuando me creo el más inteligente y el más vivo. Contra mi egoísmo que se niega, a veces, a compartir o a mirar al otro. Contra mí cuando creo que todos manejan mal su carro y yo soy la mejor conductora.

Contra mí cuando me pego al teléfono y todos los que me rodean desaparecen porque me sumerjo en el chisme falso de lo que los demás suben a las redes y apago el mundo de verdad, verdad que está sucediendo a mi lado.

O cuando el deseo de subir algo que posiblemente sea viral es más fuerte que intervenir en lo que grabo y que muestra cómo dañan a un tercero persona o animal.
La lucha contra mí es la más difícil, la más dolorosa, la más intensa y permanente, pero también es la más fructífera y valiosa de todas mis luchas porque en ese camino, logró hacer de mí un mejor ser humano; siempre y cuando esa lucha la de, agarrada de la mano de Jesús