He visto los ojos de Jesús. Son mares de bondad y nostalgia, Él nos mira como los otros hombres. En su mirada hay interrogantes y hay una entrega; una entrega infinita, total, definitiva, inconfundible.

Uno sabe qué es eso y nada más: entrega, donación de sí mismos, en tal manera que, se siente el deseo de gritarles, desde el fondo y con todo el ser y la verdad de uno: Maestro Señor, Padre y Dios mío…y de entregarse, también, arrebatado por el imán irresistible, pero suave, de su infinito amor que no tiene calibres ni parrangones con nada ni con nadie.

He visto los ojos de Jesús y he comprendido, desde entonces por qué lo siguieron tantas almas subyugadas por el dulce fulgor de su mirada.

A mí me ha sonreído con esa sonrisa irresistible, que no es la del arte ni la del hombre. Mirándose, en ella, uno descubre que es la sonrisa de Dios, serena, vital inconfundible. La que es capaz de crear, desde la nada las maravillas del mundo en cada hombre y de un cielo infinito en cada abismo.

Él sonríe, solo con la dulzura de sus ojos, mientras sus labios plagados se contraen con una especie de palabra o de mensaje a punto de brota como un capullo.

Su sonrisa es la de Dios y ella, enamora poniendo, en el fondo de nosotros, la esperanza de saber que detrás de sus pupilas hay amor, amor, y nada más que amor, como hay fuego en el cráter de un volcán.

Cada ojo de Él, es como el sol, un sol que brilla alumbrando desde dentro con la pureza inocente de un claro amanecer. Mirándolos, uno se siente puro y transformado, como si fuera la luz recién creada.

Pero hay algo inexplicable en su mirada que no tiene nada del sol, que no es el sol. El sol nadie puede mirarlo frente a frente. El sol es arrogante, deslumbra y enceguece; en cambio, los ojos de Dios son mansedumbre y se deja mirar como un espejo donde hay solo placidez lunar.

Uno puede mirarlos fijamente y perderse en lo más hondo, profundo y vital, de su misterio, con los ojos abiertos, seguros, extasiados…. Y con el corazón, con el espíritu y la mente cedidos, a Él en la más inexplicable entrega.

Ellos nos penetran sin herirnos, suavemente y engendran, sin que podamos entender por qué ni cómo, en lo más hondo de nosotros, una nueva creación, un sentimiento nuevo, una nueva esperanza y una nueva vida.

He visto los ojos de Jesús:

Redondos, profundos y misteriosos… No sabe dónde empieza; pero tampoco donde termina su mirada. Ellos son la vida misma, la pureza, el amor, la bondad, la mansedumbre.

Parecen dos ríos de miel, claros y profundos.. o dos águilas que vuelan sin fatiga cargadas de poder, de compasión y de ternura. No reprochan ni lastiman; aman, aman, aman solamente y llevan hacia el Padre con amorosa suavidad y con paciencia.

Desde que he visto los ojos de Jesús mi vida es más hermosa, mejor más plena; hay más bellezas en el mundo en el hombre en cada cosa; en el agua, en el viento, en las estrellas; en todo lo que vive; aun en la muerte. Lo malo ya no es malo; porque envuelto en la dulce bondad de su mirada se deshace, como el llanto de un niño en el beso amoroso de su madre.

Tú mirada Jesús, está ya en mí, profunda, inocente. Me las has dado, como dijiste a la mujer samaritana el agua que fluye hasta la vida eterna.

Gracias, gracias, muchas gracias Jesús y, oye: te lo ruego con humildad y con vehemencia deja, deja por siempre, en mí grabados Tus ojos nostálgicos y ardientes; no me los borres ya, no me los borres y permite que otros mortales lo descubran, los miren, los conserven y los muestren a todos los que pasen por la tierra.

He visto los ojos de Jesús. Inmensa gracia es esta con nada comparable. Soy el hombre más rico de la tierra el más feliz.

Lo que el mundo llama riquezas; para mí no es nada frente al tesoro incomparable de esta gracia.

Estoy feliz, Señor. Estoy Feliz. Me llena de tú bondad y me trasciende en tal manera y con tal fuerza que si quieres mi vida te la entrego por el gozo inefable de quedarme eternamente hundido en el mar insondable de tus ojos serenamente bellos. Hermosos dulces.

Eternamente buenos.

(Revista fuego)