Alejandra Azcárate es una de las personas más controvertidas en Colombia. Unos la aman y otros la detestan. Ella, protagonizó hace unos días un vídeo de no muy buen gusto, pero que como todo lo de ella, buscaba polemizar. Luego de ser insultada y que le dijeran hasta con cuantas arrugas moriría, el tal vídeo resultó publicidad.

Pero no es de ella de quien quiero hablar, es de nosotros y de cómo solemos manejar los desacuerdos. Pareciera que crecimos sin el derecho a disentir porque hacerlo, es más o menos como declarar una guerra. Seguramente es una condición humana, no lo sé. No pretendo ser antropóloga o algo parecido. Pero lo que sí sé es que aquí la polarización se ha vuelto una epidemia.

Hay quienes hacen de incendiar los odios, un deporte que practican con disciplina y esfuerzo. Para ayudarlos en su excelente trabajo, las redes sociales han venido a apoyar. En política, en música, a un artista, a un cura o a quien sea, le hacemos objeto de exageradas muestras tanto de amor como de odio. Subimos al cielo o bajamos al infierno pero apoyándonos con palabras y epítetos terribles que le roban la dignidad a las personas, que ofenden a los suyos, su vida y su accionar. Todo porque no piensa como yo, no mira al futuro de la misma forma o no está de acuerdo con mi sentir. Agredimos porque sí o porque no, porque se ríe o se está serio. Agredimos de palabra y de obra. Embestimos con los vehículos no importa su tamaño. Generamos violencia en el interior de la familia. O consentimos extremadamente a los niños o los maltratamos de la misma forma.

Mi reflexión pasa, incluyéndome, por hacer una invitación a dar el segundo paso. Desmontemos este sistema de agresión y guerra. Dejemos a los demás ser. Respetemos el espacio del otro, no somos islas o reyes. Somos seres humanos que compartimos el aire y el planeta y cada quien tiene derechos pero también deberes. Los deberes nos llaman a hacer acuerdos para convivir en paz. Enseñemos con el ejemplo que “Mis derechos terminan donde empiezan los del otro” Sin importar quién es ese otro, si se me parece o no, si es bonito o feo, rico o pobre, blanco o verde. Ese también es un sujeto de derechos y deberes y hay instancias para que los unos y los otros se respeten. No soy quién ha sido llamado para hacerlos respetar.

La claridad sobre el límite de los derechos y la conciencia de los deberes que cada uno tiene, deberían ser suficientes bases para que pudiéramos compartir, tolerar, respetar, aceptar; en resumen convivir en paz.  Y nuestra meta debería ser buscar la paz, perdonar, hablar, dialogar y tolerar y no todo lo contrario que es exactamente lo que hemos hecho de nuestras vidas: Un volcán de pasiones que hace erupción por cada “mírame y no me toques”.