El amanecer del pasado lunes no fue el mismo amanecer difícil después de un día de descanso. Ese amanecer fue sacudido por una matanza terrible en Las Vegas, Estados Unidos. Una matanza sin sentido ni razón, como todas las matanzas porque no creo que haya una sola que se justifique. Hemos presenciado tantas masacres, tan terribles, que se nos debería acabar la capacidad de asombro. Pero no, algo más estremecedor irrumpe en la cotidianidad y nos restriega que la locura y la maldad pueden ser peores.

Muertes de diferentes formas y en diferentes escenarios, arropada con una bandera cualquiera. Muertes igualmente injustificadas, que se convierten en titulares de prensa. En gente que hurga aquí y allá haciendo de la tragedia un pan de enorme consumo. Un pan que alimenta los morbos a lo largo y ancho del planeta pero que pasa por encima del por qué se dan, que no reflexiona, que solo vende. Un qué hacer que deja de lado el sentimiento de los deudos, el sufrimiento y el trauma de los sobrevivientes y el horror mismo de la muerte.

Mirar la cartelera de televisión o cine es encontrar más de lo mismo. Actores que experimentan diferentes maneras de matar, destruir, torturar. Glorificando de alguna manera la violencia, justificándola. La ofrecen como un producto de consumo masivo al igual que un dentífrico, fundamentándola con argumentos de desahogo que no corresponden con la realidad; porque se violentan niños, hombres, mujeres, animales, el medio ambiente. Todo, absolutamente todo es objeto de esta espiral de brutalidad.

Estoy absolutamente estremecida por esta deshumanización. Creo que llegó el momento de hacer un alto, oponer resistencia al consumo de tanta agresividad, al vandalismo, a la ferocidad expresada de cualquier forma o presentada en cualquier empaque. No podemos seguir siendo los espectadores pasivos de cómo una barbarie supera a la otra, de cómo nuestros niños y jóvenes consumen muerte y destrucción como medio de diversión y esparcimiento. Es hora de buscar a Dios, a su mensaje de amor, misericordia y tolerancia. Es hora de empezar a respetarnos, ya que parecemos incapaces de amarnos.

El mensaje de Jesús cobra importancia mayúscula en medio de un mundo que parece empeñado en aplaudir al odio y a la muerte. Y de esta ola de “la vida no vale nada”, no nos puede salvar sino el amor.