La vida es un milagro que debemos celebrar y agradecer cada día, como tantas otras bendiciones que creemos merecer por ser quienes somos. Y como cada día es una gracia, he llegado a vieja sin hacer propósitos de año nuevo, porque se pierden o pasan con la misma rapidez que el año que se va y el que recibimos.

De niños escribíamos la carta al niño Dios y soñábamos con regalos en hechos o especies que cambiarían realidades o traerían alegrías y arrastrando ese recuerdo, seguimos creyendo que un nuevo año nos hará distinta la vida.

El año que llega es un nuevo aire que nos permite seguir en la lucha diaria de la vida. Un paréntesis de esperanza que se cristaliza siempre, aunque no lo hace como esperábamos. Cambian las personas a nuestro lado, para bien o para mal, también cambian nuestras circunstancias, perdemos conocidos y seres queridos y ganamos otras personas que llegan cargadas de cosas nuevas que nos sorprenden.

Lo que me ha quedado totalmente claro en cada fin de año es que debemos valorar a los nuestros, a la familia y amigos, sin callar los te quieros o los perdóname, en los momentos en los que hay que decirlos. Abracémonos y besémonos cada vez que nos vemos. Démonos los buenos días y acompañémonos en los malos. Estemos ahí para el otro, siempre que nos necesite.

Tratemos de ser mejores personas, miremos las muchas imperfecciones que tenemos y demos la pelea contra ellas. Bajémonos de ese pedestal de barro en el que solitos nos subimos y entendamos que somos iguales al que está viviendo en la calle, solo con un poquito más de suerte. Bajar de peso, dejar de fumar, hacer ejercicio y esas cosas, vendrán después. Lo verdaderamente esencial es vivir pensando muchísimo menos en el yo y dándonos a los demás, al menos, eso dijo Jesús.