La vida cambia, lo hace segundo a segundo, a veces imperceptiblemente con una cana por aquí y una arruga por allá. Pero a veces nos golpea con la fuerza de una ola que arrasa con todo en su regreso al mar. Nos deja paralizados, perplejos como en un limbo en el que las palabras suenan como la lluvia, vengan de quien vengan.

Nos desacomoda, nos aleja de la seguridad y aunque estemos rodeados de gente nos sentimos solos, en un vacío, con miedo e inermes. No vemos un camino claro, nos falta el aire y el futuro, impredecible futuro, se presenta de un golpe como si llegara en un momento y tuviéramos que asumirlo de una vez.

Hay que aprender a decantar, a vivir el dolor, a hacer el duelo. Detenernos a llorar, a lamentar a consolarnos y a consentirnos por un rato. Aprender a reposar en el Señor, a entregarle nuestras cargas. Saber que su presencia nunca nos deja; permitir que su acción nos regale la fuerza para seguir y la luz para ver el camino. Entender que la vida se vive un día a la vez, paso a paso. Hacer un balance que nos permita ver las bendiciones que tenemos, porque los golpes se agrandan, sus efectos empiezan por desdibujar el resto y ponerse de protagonistas. Cuando hacemos el balance podemos tener claridad sobre cuánto bueno nos queda y seguramente es mucho más que el golpe, solo que el dolor nos nubla la vista.

Mientras estemos vivos hay oportunidad de seguir. Fuimos creados para volver a ponernos de pie. Lo hacen quienes sobreviven a un terremoto, a un huracán y pierden todo lo material , lo amado y pueden seguir adelante y ayudan a otros. Todos tenemos ese poder. Es sobreponernos al miedo y seguir en la lucha, sin bajar los brazos, sin derrotarnos. Es saber que por negra que sea la noche y terrible que sea la tempestad el sol sale de nuevo. Tener la claridad que vamos de la mano del Señor y encontraremos nuevamente el camino y cuando lo superamos, entendemos que fue para nuestro bien.

Para Jorge y quienes como él, han visto su vida cambiar en un segundo.