Este señor de quien yo os quiero hablar es un hombre afortunado… Ha viajado mucho, tiene dos hijas muy bien casadas, es culto y refinado. Todos los sábados baja a su finca de tierra caliente; allí habla, como un patriarca, con sus mayordomos y lee algunas revistas.

Todavía no le ha dado un infarto, pero a ratos piensa que le puede dar. Su señora es piadosa; reza diariamente sus pequeñas devociones, un poco superficiales… Pero ¡qué le vamos a hacer! Es muy cuidadosa en pagar la pequeña cuota de unos pesos para el Hospital de las Hermanas de San Rafael. Nada más.

Para ellos dos la vida se ha vuelto un poco monótona. El esposo va diariamente a la bolsa, más que todo por la rutina y por distracción, y después duerme una larga siesta. Nada hay que hacer en la vida.

El testamento ya está debidamente registrado: La mitad para una hija y la otra mitad para la menor. La cosa fue sencilla. Pero últimamente el señor se está volviendo taciturno. Le ha entrado melancolía y nostalgia. ¿De qué?… No lo sabe.

Cuando la señora esposa le ha preguntado por la causa, no ha sabido qué responderle. Siente una tremenda sensación de vacío, la vida sin interés. ¡Todo a su alrededor es impecable! La casa, la comida, los jardines. Todo apacible, menos él.

Hoy estaba con su esposa, tranquilamente, viendo la televisión y de un momento a otro le dijo:

– ¿Sabes Esther? Estoy pensando que casi nada hemos hecho en la vida. Que es una vida inútil, triste y absurda. ¿Nada habría que hacer para nosotros, que todo lo tenemos?

En ese momento, precisamente, salió el dibujo de la piedra de los benefactores del barrio Minuto de Dios en 1963.

– ¿Sabes que he pensado a ratos que mi tristeza es porque nunca he hecho nada por los demás? Esther, recuérdame… ¿Qué hemos hecho por los demás? ¿No será la causa de mi tremenda tristeza? Poseer lo que poseemos y pensar en dejarlo todo, intacto, a las dos hijas. ¿Sería justo?… ¿No tendremos que pagarlo en esta vida con el hastío implacable, y en la otra, no sé cómo?

Cuando terminó el diálogo, todavía se veía en la pantalla la piedra de los benefactores de 1963. Esa piedra tenía el secreto y solución.

Cuentos Padre Rafael García Herreros, volumen 2
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