En éste primer miércoles del mes de junio, en la audiencia general, el Santo Padre hace una invitación contundente a sumergirnos en testimonio orante que nos da Jesús y que los vemos reflejado a través del evangelio del Evangelio de San Lucas 11,1-4, donde son los discípulos quienes le piden que les enseñe a orar y Él responde a esta petición enseñándoles en lo que lo hoy conocemos como el Padre Nuestro. Una oración sencilla, pero profunda que seguramente muchos proclamamos a diario, aún sin ser conscientes de su gran contenido espiritual y de conexión con el Padre.
“Jamás estamos solos”. Podemos estar alejados, ser hostiles o profesarnos “sin Dios”, nos recordó Francisco, pero, aun así, debemos sabernos reencontrar con el amor de ese Papá cercano, quien con sus brazos abiertos siempre nos expresa un amor sin igual, lo hace sin señalar o juzgar, sino que ese Padre misericordioso que escribe en la arena nuestros errores y talla en terreno firme las virtudes que ha tenido a bien obsequiarnos.

Por otro lado, se nos presenta a un Jesús orante, que como hijo que se refugia en los brazos de Papá, que descansa en la confianza de aquel que es la fuente que sacia la sed de vida, esperanza y paz. Él nos enseña con su ejemplo de cercanía al creador, mostrándonos que esté no es un inquisidor, ni mucho menos alguien que deba evocarnos miedo, sino que es en quien debemos sentirnos seguros, el amigo que nunca falla y en quien siempre encontraremos la gran revolución que necesita nuestro corazón.

Atrévete a llamarle Papá y date la oportunidad de tenerlo cerca, hablándote al odio a través de su palabra, los circunstancias y las personas.
Déjate amar por Padre misericordioso, quien en su “misterio insondable” como nos lo expresa el Papa en su catequesis nos revela que Dios no puede estar sin nosotros, es decir, “sin el hombre”.