El padre Diego Jaramillo, gran maestro de Colombia. Su historia ha sido conocida y querida por muchas personas, por el amor, el compromiso y la fe que ha entregado. En la actualidad a sus 85 años de edad sigue entregando en cada uno de sus pasos y acciones la más fiel voluntad proveniente del Señor. Por eso, queremos compartirles anécdotas, experiencias y vivencias de este gran personaje, con el fin de mostrar, enseñar y llegar a muchos corazones.

Para eso, contamos con la creación de Yamuri, un libro que fue escrito con mucha inspiración, amor y entrega por parte del padre Jaramillo. Él empieza hablando de su niñez:

Nací el 19 de mayo de 1932, al filo del mediodía. Mis padres fueron Gabriel Jaramillo y Carmen Julia Cuartas. Fui el sexto de nueve hermanos, pero tres de los que me antecedieron habían muerto cuando vine al mundo: las dos mayores, “las mellicitas” Elena y Juana culminaron sus días a poco de nacer, y el quinto, llamado Diego, cuando tenía año y medio. Como éste falleció algunos meses antes de mi nacimiento. Dejó su nombre casi sin estrenar, y yo lo heredé, por lo cual le vivo muy agradecido.

Una de mis tías maternas, Gertrudis, me dedicó años más tarde un poema que empieza así:

Fue tan suave tu nacer,
Que el cuerpo no tuvo pena,
Y el dolor se tornó arrullo
En la garganta materna.

Tus primeros despertares
Fueron lagos de agua tersa,
Y desde allí empezó Dios
A verse en tu transparencia…

Por supuesto de que los primeros meses de vida nada recuerdo, pero puedo imaginarme muchas cosas por lo que sucedió a mis hermanas menores y de lo que fui testigo presencial. Cuando mamá debía “caer a la cama”, como se decía, se encerraba, en una habitación asistida, en cada alumbramiento, por el doctor Carlos Zuluaga y por la partera Rosita García.

Los cuarenta días siguientes al parto eran, para ella, de rigurosa dieta, a base de galletas de soda y caldo de gallina y, como al lado del enfermo come el alentado, ese alimento inusual lo velábamos y compartíamos todos sus hijos.

El 29 de Mayo, a los diez días de nacido fui bautizado en el templo parroquial de Yarumal por un padre de apellido Palacio. Mis padrinos fueron Pablo Cuartas, mi abuelo materno, y Emilia Sánchez, una de mis tías abuelas. No consta si llore o me abstuve de hacerlo cuando me dieron a gustar la sal, signo de sabiduría, o cuando me bañaron en agua mientras el sacerdote decía: “José Diego de Jesús, yo bautizo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo”. Ese fue el momento más importante de toda mi vida.

En los meses siguientes tuve, como cualquier bebé, la experiencia de ser cargado por tíos y abuelos que, de seguro, me harían dormir al son delos arrullos usados en la familia, y en toda Antioquia.

“Duérmete niño,
Duérmete tú
Antes que venga
El currucutú.”

“Duérmete niño,
Que tengo que hacer
Lavar los pañales
Y hacer de comer.”

O este otro:

“Yo le pongo a mi niñito
Un pañal que da calor,
Le compongo su camita
Con cojines de algodón
Le doy su leche caliente
Le doy un beso de amor.”

Cuando lloraba, y debí hacerlo con frecuencia, porque me quedo una voz fuerte que mucho me ha servido para predicar, debieron cantarme:

“señora Santa Ana
Que dicen de vos?
-que soy soberana
Y abuela de Dios.

Señora santa Ana
Por qué llora el niño?
-por una manzana
Que se le ha perdido.

-Yo le daré una
Yo le daré dos,
Una para el niño
Y otra para vos.”

Si el llanto era causado por un golpe, la canción indicada, como conjuro mágico, era:

“Sana que sana
Colita de rana
Si no sana hoy
Sanará mañana.”

Para hacerme sonreír empleaba otros trucos y otros versos. El primero era un zangoloteo, que imitaba el trote de un caballo, mientras decían:

“Upa, caballo
Que voy pa´ Belén,
A ver a la virgen
Y al niño también.”

Otro medio de arrancar sonrisas era someterme a suaves pellizcos en las manos y los brazos, hasta llegar a las axilas, en donde, me hacían cosquillas, mientras decían:

“Cuando vaya a comprar carne
No la compre por aquí, ni por aquí…
Si no por aquí, por aquí!”

O mostraban a lo alto diciendo: -“un pájaro sin cola”. Y cuando en mi ejemplar inocencia dirigía la mirada hacia arriba, me hacían cosquillas en el cuello, diciendo: – “chito, matola”.

La misma ceremonia se hacía exclamando: “un globo, un globo”. Y luego: “chupa por bobo.”

Las sonrisas que debía dar entonces serian preciosas y merecerían elogios por mi simpatía.

Otro juego al que me sometían, consistía en hacerme marcar cadenciosos ritmos con las palmas de las manos, mientras decían:

“Arepitas pa´ papá,
Arepitas pa´ mamá.”

En ocasiones tomaban los dedos de mis manos, desde el meñique hasta el pulgar, y los iban mencionando así:

“Éste compró un huevito,
Éste lo cocinó,
Éste lo peló,
Éste le echó la sal
Y éste, pícaro gordo
Se lo comió.”

Otro juego era el del <<Tope, tope, tope, tun>>, que consistía en acercar la frente de papá o de mis tíos hasta que golpeara la mía, lo que sucedía cuando se decía <>, y se antecedía varias veces pronunciado la palabra <> como aviso para el golpe que se avecinaba.

Entre canto y caricias fui conociendo a mis seres queridos: A mamá tan bella y tan dulce, tan prudente y tan santa. Todos la llamaban “Campulia” para eternizar el nombre que ella misma se daba cuando comenzó hablar. Junto a mamá, estaba mi padre: caballeroso, atento y trabajador.

Luego, en espiral que iba ampliando sus volutas, aparecían los demás familiares:

Tres de mis abuelos murieron cuando estaba pequeño. Mi abuelo materno, Pablo Cuartas, falleció de cáncer, el 4 de febrero de 1934, cuando yo tenía ni dos años. El 9 de marzo de 1936 mi abuelo paterno, Jesús María Jaramillo: dueño de almacenes, casas y fincas, era un gamonal del pueblo. Vago es el recuerdo que conservo de sus facciones. Más viva es la remembranza de “Mamá pifa”, como llamábamos a mi abuela paterna, Epifanía Toro, fallecida el 8 de marzo de 1937. El día de su muerte recorrí los 200 metros que separan la casa paterna de la residencia de la abuela. Al saber la noticia retorné, apresurándote a comunicar el infausto suceso, y cuando faltaba aún media cuadra para llegar, grité a pleno pulmón: “Murió”. Nadie escuchó mi alarido, pero yo quedé con la conciencia tranquila por haber cumplido mi deber.

Me falta mencionar a Mamá Julia o “Mamá Cuca”, como decíamos sus 16 nietos a la bella abuelita que prolongó su existencia hasta junio de 1953. Era un panal de dulzura y un manantial de sonrisas.

Cerca de ella estaba Emilia Sánchez, su hermana, 18 meses mayor de edad, aunque sobre edades nunca estuvieron de acuerdo pues Emilia afirmaba que sólo le llevaba un año y mi abuela insistía que eran dos. Alguna vez agotaron los argumentos y guardaron silencio, pero al mirarse Mamá Julia mostraba dos dedos de su mano derecha, mientras Emilia con su dedo artrítico enhiesto recordaba su tesis, en la que iba implícito un reclamo de juventud.

Noel y Gertrudis Cuartas fueron las tías que me quisieron como si prolongaran el amor materno. Jaime Cuartas fue el tío amable, aunque retraído, pues esa es característica de la familia.

Los tíos paternos eran más numerosos. A ellos, al igual que a los primos de papá y mamá, los fui conociendo al crecer. Formaban una numerosa tribu que llenaba el pueblo.

Más cercanos, por supuesto, estuvieron mis hermanos. Bernardo Raúl había nacido el 14 de enero de 1928. Parece que de pequeño tuvo una inflamación de las meninges que, según mamá, lo afecto toda la vida.

Jorge el 11 de febrero de 1929. En casa lo llamaban “El mono”, quizá porque tenía algo claro el cabello. De Bernardo y Jorge heredé mucha ropa, algunos juguetes y sobre todo cariño y apoyo en múltiples ocasiones.

Después de mi nacieron tres princesas consentidas: Helena Isabel, Inés de San José y Marina de Lourdes, a quienes respectivamente llamábamos Nena, la Negra o Ne, y Nina., que era la “Niña” ¿Cuándo nacieron? Es mejor no decirlo, porque a las damas no les gusta confesar su edad. Tuve una tía abuela que cuando le preguntaban sus años replicaba que eso era una conversación de negros. Por eso es mejor decir con león de Greiff.

“El año, yo no lo sé…
Si lo sé, mas no lo digo”

Es de notar cuando Helena nació hube de cederle mi puesto en la cama paterna, lo que se efectuó en medio de sonoras protestas. No se cómo mis padres soportaron mi ausencia. Debieron de sufrir muchísimo, pero se compadecieron de la recién nacida que no había previsto dónde acostarse. De malas que es uno!

Así se figuró la familia de Nano, Nena, Nina y Ne, campu y coque, Guey y Guego, como nos solíamos llamar familiarmente. Las incidencias, que en adelante se narran, nos afectaron a todos por igual.