A unos cuantos pasos de mí se encontraba un señor en silla de ruedas acompañado de una mujer que llevaba una gorra y con un pañuelo le secaba el sudor de la frente. Ella lo atendía en todo, le daba agua, le daba comida, lo acariciaba, lo cual me llevó a suponer que eran esposos. Francisco pasó, y ellos se mantuvieron inmóviles, aunque en sus rostros la alegría era inminente y el gozo se transformó en un apretón de manos entre ellos. Más tarde, estuvimos hablando y les pregunté si eran casados y me dijo:

– “Llevamos diez años de casados y tres niños. Mi esposo sufrió un accidente hace tres años, lo cual lo dejó en una silla de ruedas… – empezó a titubear un poco – ha sido difícil.

– Es usted una mujer valiente, la admiro por eso.

– No es fácil, pero lo amo como la primera vez, como si estuviera de pie. Lo decía mientras limpiaba el pantalón manchado de gaseosa. Me quedé en silencio.

Finalizó el evento y con una agilidad el señor giró la silla en dirección a la salida lateral. La mujer irradiaba alegría, no había expresiones de quejas o cansancio; el hombre, sonreía y hablaba con naturalidad, que luego entre los dos estallaron a carcajadas. Si esto no es amor entonces qué será, me pregunté. Ese día recibí una cátedra sobre el matrimonio, muy lejana a la concepción social del mundo de hoy, que lo ve como uno de los siete círculos del infierno que define Dante o como una cruz imposible de llevar, tiene muy mala imagen para los jóvenes de hoy, sin embargo, estos valientes nos enseñaron que puede ser algo tan maravilloso y apoteósico, capaz de deslumbrar el corazón del hombre y quitarnos la idea de que el amor es uno de los tantos demonios. Creo que podemos ser como dicen las escrituras: Una sola carne hasta que la muerte nos separe.