Esta frase: La misericordia no hace preguntas, que le escuché al padre Bernardo Vergara fundador de la Fundación Eudes, dedicada al cuidado de personas VIH positivo, resume un ejercicio de misericordia totalmente desinteresado. Lamentablemente existe en nosotros un deseo por averiguar la vida de las personas que nos piden ayuda y condicionamos nuestro servicio. Contrario a esto, la misericordia en sí misma, no pregunta sino sencillamente actúa.

Con este texto, pretendo crear conciencia en nosotros los cristianos, que nos jactamos en decir que amamos al Señor y que somos sus servidores, pero a veces nos quedamos en palabras bonitas y oraciones muy bien formuladas, pero no en acciones concretas que respondan a las necesidades de tantos que sufren diferentes flagelos o condiciones de olvido, discriminación, rechazo y abandono. Es momento de interpelarnos como cristianos, sobre cómo es nuestra actitud ante las necesidades ajenas. ¿Nos preocupa más el qué dirán o nos dedicamos a investigar la vida de quien nos pide ayuda? recordemos cómo Jesús nuestro Señor, ante la enfermedad y el sufrimiento de quienes se le acercaban, nunca tuvo una actitud cuestionante frente su situación, tampoco si estaban dispuestos a dar una ofrenda en cambio de su sanación. ¡No! Jesús actuaba inmediatamente porque sentía en su interior los sufrimientos de sus hermanos.

San Juan Eudes y el padre Rafael García Herreros fue lo que hicieron, actuar con prontitud ante las necesidades de los pobres, sencillamente porque “los pobres no dan espera”. El tiempo apremia y no tenemos tiempo para hacer grandes interrogatorios antes de servir, las necesidades están a la vuelta de la esquina, por tanto, estamos llamados a ser cristianos misericordiosos, eficaces y eficientes.

Se ha hablado del ejercicio de la misericordia, en términos generales pero ¿que es en sí la misericordia? La sagrada escritura nos presenta a la misericordia a través de varios vocablos entre los que se encuentra el término hebreo (Rahamim), que significa sentir desde las entrañas. Esa es la misericordia, el sentir desde lo más profundo del ser, es sentir con amor las dificultades de los demás.

Recordando el relato del buen samaritano, nos presenta a un hombre que sintió en sí mismo los problemas de su prójimo abandonado y sufriente. El Evangelio de Lucas en el capítulo 15 nos presenta a un padre que habiendo sido abandonado por su hijo, esté al volver destrozado, fue recibido sin ningún tipo de cuestionamiento. El Padre lo miró con ojos amorosos y misericordiosos.

De otra parte, san Juan Eudes nos enseña que para hacer misericordia se necesitan tres cosas: la primera, sentir compasión por el otro, segunda, tener la intención de hacer misericordia y tercera, pasar de la intención al acto. En resumen, hacer misericordia es disponer el corazón a servir desinteresadamente por los que sufren, por los pobres, por aquellos que pasan tribulación de cualquier tipo.