Muchas veces cuando estamos pasando por alguna calle y un auto viene con las luces altas, vemos esa luz de frente, quedamos encandilados por la luz. Este fenómeno se intensifica cuando salimos de un lugar muy oscuro y vemos una luz resplandeciente.

La descripción de este fenómeno es probablemente lo que le pasó a Pablo camino a Damasco, cuando quedó “ciego” ante su encuentro con Jesucristo. No debemos olvidar que Saulo de Tarso perseguía cristianos, tenía el objetivo de acabar con ellos, pero en ese camino tenía algo rescatable, estaba en búsqueda de la verdad.

Él era discípulo de Gamaliel uno de los respetados maestros de la ley, a partir de esa enseñanza estaba convencido que el mensaje de Jesús no tenía ningún sentido, estaba tan seguro de esa verdad que los persigue hasta las últimas consecuencias como un enemigo tenaz.

Como buen enemigo seguramente se dio la tarea de conocer a su rival, de entender sus prácticas y empezó en algún punto a rumiar su mensaje, a entender de qué se trataba el cristianismo y fue precisamente en alguna de esas reflexiones que le pasó lo anunciado, quedó “ciego” o más bien encandilado enceguecido por el amor de éste Jesús que empezaba a conocer.

No es muy arriesgado pensar que algo así fue lo que ocurrió, pues muchas veces cuando uno está pensando seriamente en un tema se nos “prende el foquito” y nos estalla la mente, el corazón y esa luz tan grande nos deja ciegos por algún tiempo y luego de a poco nuestros ojos se acostumbran a la luz y todo se empieza a ver con más claridad.

De esto es lo que hablamos, la luz que encandila es el amor de Dios. Cuando no lo tenemos estamos caminando entre las tinieblas y cuando llega, nos encandila, nos tira del caballo y nos hace pisar la realidad. Apostemos todos por la búsqueda de ese amor que nos hace nuevos.