Tomado de RCCRadio.fm

Como veíamos, la oración no es para pedir cosas, sino para quitar obstáculos que impiden que el Espíritu actúe en ti libremente. Imagina que tu interior es como una pista de patinaje. Lo deseable es que esa pista sea lo más lisa posible para que se pueda patinar libremente. Pero esa pista está llena de piedritas que tú pones y que obstaculizan al Gran Patinador. Entonces, la oración es para quitar todos esos obstáculos interiores que impiden la libertad del Espíritu en ti.

Al fin y al cabo, la espiritualidad es para aprender a amar, y a amar sin condiciones. La única posibilidad del ejercicio del amor cristiano es por experiencia de Dios. Y el Espíritu nos hace conscientes de eso (cf. 1 Cor. 2, 10-16). ¿En dónde lo percibimos? En nuestros propios impulsos saliendo de nosotros mismos para servir. Ese es el medio de que Dios se vale para hacernos sentir la acción del Espíritu y hacernos caer en la cuenta de esos deseos de ayudar a otros, de servir.

Orar es tomar en serio esas indicaciones o deseos: llevarlos a la práctica. En la oración, lo que se hace es mover esos medios para que se puedan llevar al orden práctico, porque por ahí te quiere Dios, esa es su voluntad. ¿Qué sentimos de Dios? Su acción creadora o acto creador, pero no lo sentimos directamente, sino en nuestros propios actos ya orientados por esa misma acción creadora; y eso es lo que se llama Voluntad de Dios. Experimentamos concretamente el actuar de Dios saliendo de sí mismo; por tanto, orientados por Dios, salimos de nosotros mismos en función de otros; y eso es lo propio del Espíritu que nos identifica con Jesús y nos hace sus testigos.

¿Cómo hacer para habituarte a esto? Vuélvete muy familiar con Dios; y allí aparece la verdadera libertad del Espíritu haciendo su obra, es decir, identificándote cada vez más con el Crucificado que se entrega en favor de sus hermanos, y esto por obra del Espíritu del Resucitado, que te impulsa desde dentro de ti a una entrega incondicional que da vida a otros (cf. 2 Cor. 4, 7-12).

Volverse familiar con Dios es volverse sobre sí mismo, sintiéndose una obra de Dios, un Don de Dios para ser dado en libertad. Es conversar con Dios, no para pedirle cosas, sino para sentirse acogido por Él, ponerse a la orden del buen Dios y percibir lo que quiere de uno. “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”.

Por eso la oración no es una relación del hombre con Dios, porque eso es manipulable (llevamos nuestra propia idea y nuestra propia voluntad para que Él nos apruebe). En cambio, orar es percibir la relación de Dios contigo. Tú te sientes amado y acogido por Dios cuando comprendes que Él se sirve de ti para amar a otros, y entonces entiendes que eres la mano larga y generosa de Dios para el otro, un Don de Dios para tu hermano, no para retenerte, sino para darte incondicionalmente.

Todas las oraciones que encontramos en las cartas paulinas van en ese sentido: ser dóciles a la Voluntad de Dios (cf. Fil. 1, 9-11; Col. 1, 9-10; Ro. 12, 1-2). Cuando tú optas por la Voluntad de Dios, el Espíritu hace lo imposible por conducirte allá mansamente, sin angustias, sin represiones, y con una infinita alegría.