El tiempo se nos ha quedado tan corto, que parece ya no alcanzar para todo lo que tenemos que hacer. Entre estudiar, trabajar, el hogar, los amigos, y otras prioridades, olvidamos que hay un tiempo que no podemos abandonar, un espacio que necesitamos por nuestra salud espiritual, es la intimidad con Dios. El momento del día para poner todo en sus manos, para agradecer por la vida, y disfrutar de su presencia.

Muchas veces nuestra vida es tan caótica que entre afanes de la casa, las dificultades del transporte y las cargas laborales, no tenemos un momento para contemplar, para ver ese sol resplandeciente, esa lluvia, ese viento, como una manifestación de Dios en nuestra vida, como un regalo de Dios en medio de la rutina.

Si algo podemos destacar de Jesús, es que a pesar de todo lo que hacía y aún en medio de las mayores alegrías y dificultades, siempre había espacio para la intimidad, para orar, para contemplar y hablar con el Padre. El tiempo que Jesús dedicaba a Dios era amplio, e involucraba sacrificio, porque había noches de contemplación, después de días largos.

Si Jesús en su humanidad y su ritmo de vida nunca se despegó de Dios, nunca olvido la intimidad con su Padre, nosotros tampoco lo podemos hacer, nuestro ritmo de vida exige sacrificio, y es necesario tener la fuerza necesaria para afrontar la vida, para lograr organizar nuestros compromisos y nuestros lazos afectivos. El principal lazo que debemos mantener está con Dios, una comunicación constante, un espacio diario solo para Él, un espacio de agradecer y de renovar las fuerzas. El segundo lazo importante y que también requiere de nosotros a diario, es la familia, es encontrar un lugar para el tiempo de calidad, es buscar disfrutar de la vida con los seres que amo y que Dios colocó en mi vida, para que sean mi compañía constante, para manifestarse a través de ellos.

Así que necesitamos identificar el uso que le estamos dando a nuestro tiempo, y tratar de que cada cosa que hagamos edifique, construya, evangelice a los demás. Determinar el tiempo para mi vida familiar, y premiarme siempre con la intimidad, la intimidad con Dios que nos llena, nos muestra el sendero día a día, que nos hace nuevas todas las cosas, incluyendo la rutina.