La vida de un hombre transcurría como la de cualquier ser humano, entre las actividades propias del día a día. Salía de su casa todos los días, a buscar los recursos necesarios para sostener a su familia, solo que tenía un particular modo de hacer su trabajo. No estaba contratado por ninguna empresa, ni tenía un negocio familiar, lo que sí tenía era un socio con quien se había especializado en ganar dinero de manera fácil y rápido. Lo que ganaban era suficiente para sostener a sus familias y además, podían darse algunos gustos extras.

Paralelamente a él, otro hombre despreocupado por el dinero y las cosas terrenales, se dedicaba a hacer obras buenas, ayudaba a los pobres, oraba a Dios pidiendo que sanara a los que sufrían de alguna enfermedad, se preocupaba de la salvación de cada una de las personas con quien compartía, y la pasaba enseñando a los ricos, pobres, enfermos, sanos, gobernantes y hasta a los miembros más representativos del templo, que el amor al prójimo y la confianza en Dios, son la mejor manera de agradar a Dios, y alcanzar el reino de los cielos.

Quizá los dos muchas veces se encontraron por el camino, o es posible que el delincuente haya escuchado hablar de ese hombre bueno y santo, pero nunca se detuvo a conocerlo y a saber cómo hacía para vivir sin aferrarse a las cosas de éste mundo. La vida da muchas vueltas, y un día, por circunstancias diferentes los dos socios delincuentes y aquél hombre bueno, fueron a parar a la cárcel. En su país existía la pena de muerte, por lo que los tres fueron condenados a la máxima pena, ya se imaginaran cual iba a ser el desenlace.

¡No lo van a creer! estando los tres condenados, viviendo los últimos momentos de sus vidas, uno de los ladrones dice al hombre bueno: « ¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: « ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

Esta es la historia de un hombre que por la misericordia de Dios, y a pesar de haber dedicado gran parte de su vida a delinquir, Jesús lo perdonó y le concedió el reino de los cielos, porque supo reconocer en Él, su salvador y a pesar de haber sido en el último instante de su vida, creyó y se confió totalmente a Jesús.

Nunca es tarde, para creer en Dios y para dejar el camino equivocado. El día es hoy, en este momento, No importa cuál haya sido nuestra historia ni los errores que hayamos cometido, lo importante es reconocer que nos hemos equivocado, pero que así en medio de nuestras diversas realidades de pecado, podemos retomar el camino que nos presenta el Señor, y entregarle nuestra vida y empezar de nuevo.