156 El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos “a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos”. “Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación” (Ibíd., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los santos (Cf. Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad “son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos”, “motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu” (Cc. Vaticano I: DS 3008-10).

Dios nos ha dotado de razón para que podamos por la gracia del Espíritu Santo comprender las maravillas de Dios. Conocer las verdades de fe, solamente con base en nuestra razón es un acto de negación del actuar de Dios en nosotros mismo. No obstante, no se trata entonces de vivir una fe ciega sin criterios, sino de pedir al Espíritu Santo que nos permita en medio de nuestra limitada capacidad de conocer sus grandezas, nos ayude a entenderlas y a llevarlas a nuestro corazón  con la plena certeza de que todo, incluida nuestra capacidad de razonar es obra de Dios.

157 La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero “la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural” (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 171,5, obj.3). “Diez mil dificultades no hacen una sola duda” (J.H. Newman, apol.).

Las verdades reveladas por Dios, pareciera en ocasiones difíciles de comprender, sin embargo, Dios nos ha otorgado el regalo de la fe para que bajo su luz podamos comprenderlas, y así llegar al conocimiento de Dios.

158 “La fe trata de comprender” (S. Anselmo, prosl. proem.): es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor. La gracia de la fe abre “los ojos del corazón” (Ef 1,18) para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien, “para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones” (DV 5). Así, según el adagio de S. Agustín (serm. 43,7,9), “creo para comprender y comprendo para creer mejor”.

Por la fe es que podemos llegar a comprender las cosas de Dios, pero además es por la fe que conocemos al autor mismo de la fe, de ahí la importancia de pedir a Dios que nos aumente la fe, y que nos conceda la gracia de conocerlo y comprender cada una de las maravillas que va realizando en nuestra vida. A veces nuestra oración se centra en pedir y pedir cosas pasajeras, pero se nos olvida pedir lo fundamental y es pedir que se nos aumente la fe, de tal manera que  lleguemos, no solamente a creer más, sino creer mejor.

159 Fe y ciencia. “A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero” (Cc. Vaticano I: DS 3017). “Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las cosas, hace que sean lo que son” (GS 36,2).

Que importante poder comprender que la fe y la ciencia no son contradictorias sino complementarias, que se necesita una de la otra. Los avances científicos han otorgado grandes beneficios a la humanidad, pero sin duda es Dios quien ha otorgado a los científicos la sabiduría para el ejercicio de la investigación. Todo está guiado por Dios, Él es el autor de la ciencia y de la fe, así pues que las verdades de la fe no pueden contradecirse a la ciencia porque eso significa que Dios en sí mismo se contradice.