Una señora estaba enferma. Aparentemente, no revelaba nada. Pero ella sentía que su enfermedad era mortal.

Ella, en la plenitud de su vida, pensaba con horror en la muerte. En lo que significaba estar sola en una tumba, lejos de los hijos y lejos de la luz. Imaginaba todo aquello horrendo que precede el morir.

Ella sabía que un médico, uno sólo, poseía la única medicina para su dolencia. Pero no se atrevía a comprarla. Le parecía demasiado sencilla y extraña.

Ella tenía conocimiento seguro de que solo le quedaban ocho días para resolverse porque el médico, después, marcharía con su droga a otra parte.

El médico la llamaba diariamente y le suplicaba que aceptara su droga. Él, en verdad, no tenía ningún interés personal. Día tras día le recordaba que sólo le quedaban ocho días para recuperar su salud.

La señora le tomó disgusto al galeno. No quería hablar con él ni quería oírlo. De vez en cuando, el médico hablaba por televisión y la dama, irremediablemente, apagaba el televisor.

Un sentimiento de lucha interior, desconocida, se había apoderado de aquella paciente. El médico era maravillosamente acertado, pero su remedio era sencillo y extraño. La enferma no sabía si optar por la droga o por la muerte.

No quedaban sino siete días para morir o para tomar el remedio. En su alma luchaban la avaricia y la vida, el amor a la salud y el amor al dinero.

El médico estaba también angustiado por la suerte de la señora. Él sabía que era el único que podía curarla… Pero su remedio era demasiado sencillo. Y la paciente estaba acostumbrada a drogas complicadas y vanas.

La señora se había tornado taciturna. Sus hijos lo notaban. La sirvienta preguntaba: “¿Qué tendrá la señora?… ¿Por qué estará tan pálida?”.

Este cuento es posible que sea tu historia… Quizá tu único remedio sea el sencillo caldo del Banquete del Millón, la droga del amor al prójimo… Remedio para la melancolía, remedio para la implacable tristeza de tu vida… Remedio para una existencia hasta ahora inútil y vacía…

Este remedio puede ser el único que te cure realmente… Y que dé, ante Dios, justificación a todos tus años pasados en el olvido de la misión existencial.

Puede suceder, muy bien, que Dios esté pendiente de la resolución que tomes esta noche de ir o no ir, para mirarte con buenos ojos, para separar de ti su mirada de perdón.

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