Una de las principales características de una comunidad es la diversidad de personas que la conforman, pero que a pesar de ello, debe haber unidad de criterios con el objetivo de buscar un mismo propósito; El Espíritu Santo es quien propicia que los miembros de una comunidad vivan en unidad, por el contrario, si sus miembros tienen intereses particulares, se genera la división, acción contraria al propósito del Espíritu de Dios, lo que hace que haya problemas internos y en último término se dé la disgregación de la misma.

Nos dice el texto de Hechos de los apóstoles, que el día de Pentecostés estaban reunidos los discípulos de Jesús junto a María y personas piadosas que habían venido de diferentes pueblos. Cuando el Espíritu Santo se posó sobre cada uno de los que estaban en ese lugar, empezaron a hablar en diferentes lenguas, pero con la sorpresa que todos se entendían como si hablaran un mismo lenguaje.

Esto significa que el Espíritu de Dios, tiene entre tantas misiones la de propiciar comunidad, es decir, hacer que en medio de la diversidad de culturas, pueblos o lenguas se pueda establecer un mismo sentir o propósito. Por la gracia del Espíritu Santo, la primera comunidad cristiana pudo fortalecer sus lazos y recibieron la fuerza para salir a cumplir la misión de anunciar el evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Cosa contraria ocurrió en tiempos antiguos cuando se estaba construyendo la torre de Babel (Gn 11), cuando las lenguas de los constructores se confundieron y terminaron disgregándose, sin cumplir con su objetivo, de ahí que, por la acción del Espíritu Santo es que las barreras humanas que giran en torno a la comunidad pueden ser superadas.

Con esto no se quiere decir que la vida comunitaria sea fácil, por el contrario son muchos los problemas que se pueden tener, pero si optamos por invitar al Espíritu Santo para nos guíe, todo tendrá un sentido diferente y estaremos capacitados para derrotar la fuerza de la división y permanecer en la unidad de hijos de Dios. De alguna manera todos hacemos parte de una comunidad, ya sea en el ámbito familiar, social o eclesial, pero no siempre se vive en unidad, y esto es porque cada quien busca sus propios intereses, pero cuando hacemos parte al Espíritu Santo de nuestra vida, Él permite que seamos constructores de comunidad y no agentes de división, a ejemplo de la perfecta comunión de amor que viven las tres divinas personas, por eso, una comunidad que le abre las puertas a la acción del Espíritu Santo, podrá sentir su fuerza que le acompaña y anima en la vivencia de la unidad.