Tuve un encuentro que me cuestionó, un encuentro con una monja española que vino a dar una conferencia sobre nuevas formas de enseñar religión. El encuentro me inquietó profundamente a pesar de ser por unos segundos y no sé si se debió a la operación espejo. Es decir, a que en la actitud del otro, te ves reflejada tú o una de las actitudes tuyas que te chocan. O si realmente la monja se molestó por mi comentario frente a lo que ella cree que es casi, como la palabra de Dios.

Salí de programa y ella estaba en la recepción de la emisora pegada a su celular. Entonces, jetona como soy, hice un comentario sobre la adicción al aparato, de la cual sufro a veces. ¡Y para que fue eso! Me miro fieramente y como a bicho raro. ¿Incomunicada, dijo? ¡Qué sabe usted lo que estoy haciendo! entonces pensé: Pegada en un teléfono y con tres personas a su lado ignoradas.

Tuvimos un breve intercambio de opiniones sobre medios y redes en el cual le manifesté que en mi opinión las redes eran el reino de la fugacidad y ella me ripostó, muy molesta, que twitter era como una conversación entre dos personas que pasaba pero quedaba en el recuerdo. Punto para la monja. Lo agradecí y le dije que eso me daba una nueva visión. La conversación sobre el tema fue breve gracias a Dios, con molestias de parte de ella, que me calificaba de incoherente, por mis opiniones sobre medios y demás; porque tenía que entrar al aire y yo venir a mi oficina.

Me llamó la atención su desagrado, el desdén que le generó mi observación sobre las redes y los medios. Y me dejó pensando si esa era la versión de mi, que no me gustaba y que vi en el espejo, la de ser dueña única de la verdad o la de no saber debatir sin llegar a la discusión. O si me inquietó la falta de flexibilidad frente a la opinión del otro.

No se me ocurre negar el peso de las redes en el mundo de hoy. ¡Ni más faltaba! Pero por encima de ellas y de la tecnología que aprecio, valoro y utilizo, privilegio la posibilidad de conversar cara a cara, de ver las reacciones de con quién hablo, de estrechar una mano de dar un abrazo o un beso.

Las redes me llevan, me traen me permiten opinar sobre lo que quiero, saber hasta sobre lo que no quiero. Pero para mí no hay nada más interesante e irremplazable que un cara a cara con amigos, alumnos o contendores. Hablo con quien me encuentre y donde me encuentre. Disfruto saber de los demás, de sus vidas y esa parte no será reemplazada por ningún aparato por sofisticado que este sea.

Al final del día supe que la monja era la reconocida como la monja twittera y pude entender su molestia y malestar. Mira tú.