Estamos en constante exposición a ser vulnerados por lo que el mundo ofrece. Dios por su parte, respeta nuestra libertad y no irrumpe de manera arbitraria en nuestra vida, nos muestra el camino y lo que implica seguirlo, sin obligarnos a hacerlo.

Dios es respetuoso de nuestras decisiones, por eso, Él sólo se involucra en nuestra existencia, en la medida en que le abramos el corazón. Él no es un hacker que quiera violentarnos caprichosamente, en cambio, nos muestra la ruta que nos conviene para la plenificación de nuestra vida. Jesús nos propone y nos da las señales necesarias para seguirle, no nos impone nada, más bien, permite que seamos nosotros quienes tomemos la decisión de aceptarlas o no. Lo que sí hace es insistir en nuestra salvación porque no quiere que ninguno de sus hijos se pierda, pero lo hace con el respeto de nuestra libertad.

Así como Jesús quiere lo mejor para nosotros, también está la contraparte que busca desestabilizarnos y hacernos perder el rumbo. Nuestra vida se ve a diario atacada por personas, ideologías o situaciones que nos invaden, convirtiéndonos en títeres o marionetas, sin criterios claros para superar los obstáculos. Así como el hacker (cracker) se vale de la debilidad informática para vulnerarla y entrar arbitrariamente en las estructuras tecnológicas con el fin de usurpar o modificar su información, sucede con el maligno, quien es experto en buscar nuestros puntos frágiles para entrar y dañar nuestra vida, haciéndonos creer que su acción es benéfica; a partir del engaño nos muestra una realidad tergiversada haciéndonos perder el horizonte de nuestra existencia.

Para blindarnos ante la amenaza del mal, podemos hacerlo mediante la aceptación de la propuesta del Señor, creyendo en Él, orando, dándole gracias cada día y confiándole todos nuestros proyectos, de modo que Él pueda tomar nuestra vida y orientarla sin apariencias o fachadas, con la certeza que seguirle nos garantiza el paraíso, pero ganado con esfuerzo, dedicación y sacrificio.

No dejemos que el mal hackee nuestra existencia, más bien, abramos nuestro corazón a la acción salvadora de Dios.