Irse, dejar ir, soltar. Cosas que uno debe aprender en la vida, pero que cuestan llanto, dolor y desgarres. Lo peor es que nunca lo aprendemos, no hay forma. ¿Será que nacemos con inclinaciones aditivas? Y no tengo una respuesta científica, solo una cualitativa hija de la observación de muchos años y muchas adiciones propias y ajenas.

Arranca uno la vida chupando el dedo, un chupo, la teta de la mamá, un trapito, un gajito de cabello, una almohadita, una mantica. Y se lo permiten para que uno se duerma y de repente un día, lanzan un ataque feroz y te quitan a la brava esa adición.

Es la primera sacada de la zona de confort que nos hacen y no sé si eso tiene que ver con las decisiones, frustraciones y la forma de encarar la vida que se asume de ahí en adelante. Tal vez sí.

Algunos seguimos buscando a que pegarnos el resto de la vida, de qué depender. Y seguro pensarán: ¡no, que va! Y curucuteas en tu pensamiento y en el fondo de ti sabes que sí. Si dependes de algo o de alguien.

Algo de lo que te agarras cuando pasas por las oscuridades, por el desierto. Comes, bebes, fumas, te tomas una pepa, te trabas, te escondes, buscas a alguien o te desapareces y no es porque eso es malo, no. Enfrentar la vida y sus vicisitudes es difícil, hay que tener coraje y valor y a veces uno no lo tiene y busca desesperadamente de qué o de quién agarrarse y pasar los miedos.

Y si tienes que ver partir a alguien que amas es peor, mucho peor. A nadie le enseñan que la vida es efímera, que no tiene fecha exacta de caducidad, pero que caduca. Que deberíamos vivir amándonos y demostrándonos ese amor y no, vivimos regañándonos, cuestionándonos, criticándonos y cuando la gente se va nos arrancan un pedazo del corazón un pedazo irremplazable. Seguimos adelante pero no completos, ni los mismos.

Llegamos a viejos habiendo visto como se van las personas, los animales, las cosas amadas y con ellos fragmentos de vidas, de amores, de lagrimas y dolores y ni aún así, aprendemos a soltar, a dejar ir, a irnos.