La fe es una gracia

153 Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara

que esta revelación no le ha venido "de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está

en los cielos" (Mt 16,17; Cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud

sobrenatural infundida por él, "Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de

Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que

mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede `a todos gusto en

aceptar y creer la verdad”" (DV 5).

 

Poder confesar nuestra fe es una bendición que se nos da en la experiencia que se tiene con Jesús, cuando hay un encuentro con Él, por medio del Espíritu Santo, esto nos habilita para poder reconocer la Presencia de Dios en nuestro caminar, teniendo la certeza que es el mismo Dios, quien dispone las cosas, para que abriendo el corazón, recibamos la convicción de creer lo que su Palabra nos dice para nuestra salvación. Podríamos decir que fe es la convicción que todo lo que ha dicho Dios Padre por medio de Jesucristo, el Señor, se cumplirá en la fuerza y la gracia del Espíritu Santo.

 

La fe es un acto humano

154 Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es

menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad

ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades

por él reveladas. Ya en las relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad

creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar

confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan),

para entrar así en comunión mutua. Por ello, es todavía menos contrario a nuestra dignidad

"presentar por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al Dios

que revela" (Cc. Vaticano I: DS 3008) y entrar así en comunión íntima con El.

 

En nuestra relación con Dios, vamos descubriendo que podemos construirnos como mejores seres humanos en la medida en que desarrollamos una fe madura e integral, es decir, primero una fe en Dios que nos permita no solo saber que Él existe, sino que además, que todo lo que ha dicho para nuestro bien se cumple, pero también nos ayuda a ser mejores. La cercanía con Dios nos ayuda en la capacidad de relacionarnos con las personas que están a nuestro alrededor, aceptándolas tal cual son, buscando conocerlas en su esencia, valorándolas en su dignidad y respetando la diversidad que encontramos en cada una de ellas, sólo así podremos crecer en fe, crecer en el amor propio y hacia los demás, amando a Dios y a los hermanos.

 

155 En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina: "Creer es

un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad

movida por Dios mediante la gracia" (S. Tomás de A., s. th. 2-2, 2,9; Cf. Cc. Vaticano I: DS

3010).

 

No es posible una fe ciega en Dios, sino todo lo contrario, nuestra razón nos ayudará a comprender los misterios que en ella se viven, por eso es importante no solo creer con el corazón, sino también con la mente. Dios nos capacitó con la inteligencia, para poder dar razón de nuestra fe, dar respuestas sólidas a la experiencia que día a día tenemos, en eso somos semejantes a Él, ahora bien, estar abierto a su actuar y a su gracia, es necesario, para que desarrollemos lo mejor posible, nuestra capacidad de pensar y reflexionar, sobre lo que creemos y conocemos de nuestro Dios.