Eran las diez de la noche y la noche fría se adentraba por mis sentidos. No puedo negar que desde hace mucho tiempo uso Uber por su comodidad y costos, pero esta vez decidí tomar un taxi y con una seña solicite el servicio. Negociamos la carrera por lo que el conductor llevó primero a mi acompañante para luego terminar el recorrido conmigo. Tras dejar a mi acompañante el señor empezó a hablar de deportes a lo que yo respondía con monosílabos en lo que iba de camino. Llevado por la cortesía le pregunté cómo estaba, él me dijo: “Tengo lo que muchos llaman una tusa…me duele el pecho mi hermano. Me duele. Mi esposa está saliendo con un hombre casado que es más joven que yo – su voz se entrecortaba y lágrimas descendían por sus mejillas – y eso es lo que más me duele. Yo por ella daba la vida y la amo tanto que no dejo de pensar en ella…, no le fui infiel, estaba pendiente de ella…” Quise preguntar más, pero él enseguida me dijo: “Trabajo de noche porque no puedo dormir…mi hermano esto es muy duro”.

El ambiente era muy silencioso y el aire estaba lleno de sentimiento. El señor sacó su pañuelo y se secaba las lágrimas lamentándose por vivir, por quererla, por este trago amargo, pero entre más lo hacía más lloraba el alma. No supe qué decir. Pensaba en darle un texto bíblico o algunas palabras motivadoras para aliviar el dolor y cambiar un poco la cara de la moneda, pero el silencio me ganó, no dije nada. El señor me miró y me dijo que esto no se lo deseaba a nadie y se echó a llorar en lo que faltaba de trayecto. Luego, todo fue en señas, sin palabras… A veces hay silencios que no necesitan explicación.

Al llegar a casa pensaba en las historias de hombres que sufrían por amor que alguna vez escuché, pero todo era diferente al verlo tan de cerca. Me culpé por no hacer algo al respecto, sin embargo, me alivié al saber que pude escucharlo y eso hacía parte de aquel mandamiento que dice: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Que estas letras puedan ayudarte a hacer sonreír a Dios.