Hemos escuchado decir con frecuencia que somos seres espirituales por naturaleza, porque de alguna manera buscamos espacios y momentos para lo místico. Sin embargo, se es verdaderamente espiritual cuando nacemos del Espíritu Santo, porque: “Lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu es espiritual” (Jn. 3,6). Esto no significa que la persona espiritual viva fuera de su realidad humana, porque sería espiritualoide, sino que, por la gracia del Espíritu de Dios tiene la capacidad de enfrentarse a los problemas que el mundo presenta.

En la búsqueda del ser espiritual algunas personas visitan brujos, realizan ejercicios de medición con la naturaleza, o sencillamente acuden al horóscopo o la nueva era, llevándolos a experiencias de relajación o de superstición, pero que en nada los hace personas espirituales, más bien se convierten en dependientes o presos de esas situaciones.

Por el contrario, el que nace del Espíritu Santo, no pone su atención en lo efímero y terrenal, sino que, se preocupa de alcanzar el reino de Dios, como dice la Escritura: “nadie puede entrar en el reino de Dios, si no nace del agua y del Espíritu” (Jn. 3,5). Podríamos preguntarnos como Nicodemo: ¿Cómo nacer de nuevo? La respuesta la encontramos en el bautismo, sacramento por el cual recibimos el Espíritu Santo y nos hace creación nueva, adhiriéndonos a Jesús y rechazando el pecado.

No hay razón para buscar una vida espiritual en lo que ofrece el mundo, dejemos que El Espíritu Santo, experto en formar a Jesús en nuestro corazón así como lo hizo en las entrañas de la Virgen María nos haga seres espirituales. Seamos sus amigos y dejemos que nos haga nuevas creaturas dotados de sus dones, para enfrentarnos con poder a los ataques del maligno y a las diferentes problemáticas de nuestro diario vivir.