La más grande fiesta cristiana es la de Pentecostés, día en que el Espíritu Santo vino a los apóstoles y nació la Iglesia de Cristo.

¿Qué es el Espíritu Santo? Sabemos que el Dios de la Revelación, el Dios verdadero no es un Dios solitario… ¡Es Padre! Tiene un Hijo… Eternamente, antes de los siglos, pronunció una Palabra adorada que llamamos Verbo, y en el cual están contenidas las esencias de todas las cosas… y todos los hombres en su verdad y en su autenticidad.

Entre esa Palabra adorable y el que la pronuncia, entre ese Hijo y su Padre, hay un lazo de unión que los hombres, con nuestro lenguaje impotente, hemos llamado con el más bello vocablo que existe y que está, sin embargo, muy lejos de expresar la realidad. Lo hemos llamado Amor… Amor infinito, inmanente, que une al Padre y al Hijo… Amor personal… Espíritu Santo.

Este es el Amor que el día de Pentecostés hizo nacer la Iglesia cristiana. Al hablar sobre este misterio lo opacamos, lo manchamos… como mancha con su baba un gusano el cristal por donde pasa.

Digámosle hoy, con todo fervor: Ven, oh Espíritu Santo… y envía de los cielos un rayo de tu luz… Ven, Padre de los pobres; ven, generoso Donador; ven, Luz de los corazones… Consolador óptimo, dulce Huésped del alma, dulce refrigerio… En el trabajo, descanso; en el calor, sombra; en el llanto, consuelo…

Ven, Espíritu Santo, llena las mentes de los hijos; ven, Espíritu Santo, llena con tu gracia los corazones que Tú creaste.