Estoy a punto de emprender un largo viaje. Tengo la ilusión de viajar. Un viaje cósmico, a través de una inmensa nebulosa de inquietantes constelaciones, a través del inmenso abismo, a través de una espesa y densa oscuridad, hasta llegar a la misteriosa “nube blanca”, prevista y presentía, a donde se dirige mi esperanza.

Viaje que atraviesa lo infinitamente desconocido, lo inimaginable. Uno dicen que todo será de una absoluta belleza, de una perfecta claridad, pero nadie sabe a ciencia cierta nada del viaje.

Todos están seguros y todos le temen. Es un viaje que se hace inicialmente dormido; después se despierta, pasando por paisajes que nunca se habían soñado ni imaginado.

Las escotillas de la nave estarán herméticamente cerradas, ya me lo advirtieron. No se ve nada hacia afuera. Se marchara hacia lo que se había anhelado, hacia donde nada se sabe, hacia donde nada se puede imaginar. Todo es desconocido en este larguísimo e instantáneo viaje.

Yo estoy a punto de comenzarlo, el viaje por el cual tengo nostalgia, desde hace tiempo, y tengo temor. Dicen que allá se encuentra una dulzura sobre toda dulzura, una luz sobre toda luz, una armonía, una perfecta felicidad. Que allá es la santa ciudad que no tiene enemigos.

Sim embargo, no me decido, no quiero emprender todavía este viaje; ninguno de quienes viajaron antes me contó nada de él. Hubo que uno dijo: “ Ni el ojo vio ni el oído oyó ni subió el corazón del hombre lo que Dios tiene reservado a sus amantes”.

Todos los demás quedaron en silencio pasmoso, posiblemente de alegría y de éxtasis, aunque exactamente nos e di fue silencio ante la nada o ante la plenitud. Perdónenme esta expresión: la tenemos todos quienes creemos, porque también somos accesibles a un momento de duda.

Plenitud que se había anhelado siempre, que la doctrina nos la había enseñado con absoluta seguridad, que se había sospechado, que se había deseado. Este viaje lo harás tú también, es un viaje necesario al infinito. Es un viaje que recorre el universo y más allá de sus límites, a una velocidad mayor que la luz.

Es un viaje que ha sido anhelado intensamente por unos, una (Santa Teresa) decía: “Ven, muerte tan escondida, que el placer de morir no me vuelva a dar la vida”. Pero ha sido temido por otros: los antiguos navegantes decían: “Vivir no es necesario, pero es necesario navegar”.

Ahora se habla de viajes interplanetarios, de viajes próximos interestelares, que durarán largos años. Este viaje hacia el infinito durará. Pero no tengo la menor idea de cómo será. No sé cómo fundirse en la nube blanca, infinita en que entraremos.

“Miré y vi una nube blanca y sobre la nube estaba uno que tenía apariencia humana; llevaba una corona de oro en la cabeza” (AP 14, 14). Nube viva, nube eterna, nube purísima, nube entrañable.

Tampoco tengo la menor idea de la nave en que me embarcaré y me conducirá hacia el punto final de mi existencia. Cuando yo suba a la nave, su mástil negro como la nave griega que traía la Ley de Atenas, estaré muy pálido y muy serio. Así estaremos todos.

Nadie sabe absolutamente nada de esto, ni nadie piensa en esto. Yo soy el único que estoy pensándolo. Todos están distraídos, sin darse cuenta que están próximos a zarpar. Navegaron ya todos los papas, menos el actual. Y los obispos. Navegaron los humildes párrocos de pueblos desconocidos, los sabios y los ignorantes. Navegaron los presidentes y los animales entusiastas; navegaron todos los antiguos alcaldes, los filántropos. También navegaron los que nunca amaron.

Su viaje fue un poco inquietante por que las escotillas están cerradas. Navegaron hacia la inmensa nube blanca, indescriptible, los santos y los pecadores; inexorablemente, quienes mecieron sus cunas en la tierra, sin faltar ninguno, viajaron hacia el abismo, hacia esa nube blanca en la que está concentrada toda la creación.

De todo podemos dudar, absolutamente de todo, de lo que dicen los libros, de los que dicen los hombres, de lo que nos rodea, aun de lo que palpamos; todo puede ser el sueño de una sombra, como decían los griegos; de lo que no podeos dudares que zarparemos y subiremos a la nave blanca, absolutamente veloz y silenciosa.

Zarparemos hacia donde todo será interminable donde nada será mentira, donde todo será envuelto en una infinita verdad. Desde allá, la tierra y todos sus hombres y todos sus proyectos y todos sus ensueños aparecerán como una lejanísima y mínima estrella perdida en la oscuridad.

Las cosas que parecían importantes aparecerán desconcertantemente insignificantes. Solamente habrá un valor: el amor, la única alegría será el amor, la única plenitud será el amor.

En esta nube blanca, bellísima y viviente, se integrará toda la creación y se restaurará todo. Tú y yo tenemos un viaje próximo a emprender. No sé dónde me embarcaré en la nave del mástil negro. No sé si nos iremos juntos, o si tú irás después. Ya se fueron muchos, se fueron todos; sólo hemos quedado nosotros, esperando la barca misteriosa, la barca que marcha silenciosa, pero inmensamente veloz.

Se está hablando de próximos viajes a la Luna y a Marte; pero eso es nada, es ridículo, en comparación de este viaje, magnifico e ineludible.

Iremos en silencio, iremos cogidos de las manos; después anclaremos, no sé cómo, en la inmensa nube blanca, donde penetraremos, donde se realizará lo que se llama la integración, unificación con Cristo Omega, con Cristo resucitado.

Sólo entonces, ante esa realidad adorable, aquello por lo que están anhelando desde hace tiempos los verdaderos cristianos tendrá pleno cumplimiento