Este joven coadjutor de la parroquia del Terminal está absolutamente desesperado, no le encuentra sentido a nada de lo que lo rodea. Allá en la oficina, el párroco, tranquilamente, despacha las partidas y hace informaciones, mientras fuma un tabaco aquietante. La gente viene y sale del despacho a solicitar registros de bautismo y a apuntar misas.

Pero el joven coadjutor vive desesperado. La casa cural le ahoga; le hastía la multitud de gente que entra y sale como a cualquier oficina.

Se dirige a la iglesia a orar. La iglesia está sola y polvorienta. Unas cuantas velas arden interminables. A él le parece que inútilmente. Mira las feas imágenes y no las comprende. Nada en el ámbito del templo le llena el alma. Se queda contemplando el santuario y hace un acto de fe, profundo, en Cristo. Pero se dice, íntimamente, que hay muchas cosas que sobran en la Iglesia. Ve que solamente hay uno completamente necesario y es Jesucristo.

Sale a la calle, constata todo un mundo olvidado de Él al lado del templo, rodeándolo. Todo un mundo que nació católico, que no tiene la menor relación íntima con Cristo. Todo un mundo que se contenta con lo superficial de la religión; lo demás lo ocupa el trajín de la vida, con sus pasiones, con su distracción, con sus egoísmos.

Este joven cura da vuelta por el parque del barrio, lleno de camiones, de peatones, de ventas, de cantinas, de billares, de casas de cita, de cafetines, de negocios, de rateros, de fritangas, de tienduchas.

El joven eclesiástico está desesperado. Sabe que todo ese mundo está irredento. Sabe que nadie acepta a Jesucristo plenamente en su corazón, y piensa muchas cosas. El catolicismo necesita una conversión a Jesucristo; un abandonar muchas cosas secundarias y concentrarse solamente en Él, el único necesario.

Urge un retorno absoluto al evangelio. Un retorno a la expectativa de la venida de Jesucristo. Necesita un poder interior nuevo que haga cambiar algunas modalidades que lo han paralizado.

Este joven cura, bello y enérgico, se da cuenta de que la influencia de la Iglesia es actualmente mínima en la vida interior de gran parte de sus fieles. No los ha cambiado. No les ha ofrecido la densidad del amor a Jesucristo. Les ha ofrecido devociones, pero la seriedad del evangelio no se la ha ofrecido debidamente, o no han sido recibirla.

Le parecen secundarias muchas cosas que ocupan una gran actividad sacerdotal. Le parece evasión que los curas se vayan a estudiar psicología, antropología, etc., cuando lo que deben hacer es predicar la belleza, la inmensidad, la actualidad, la urgencia de Jesucristo.

Quisiera tener acceso a los obispos para contarles su tormento, para contarles lo que él piensa, lo que ha descubierto en la lectura continua del Nuevo Testamento. Íntimamente se pregunta qué debe hacer, personalmente, antes de exigir a la Iglesia.

Regresa desesperado de ver el mundo cristiano corrompido que rodea el templo. Formado por personas que se llaman católicos y que están todos en el reino del pecado, totalmente apóstatas del evangelio.

De vuelta, encuentra en un pequeño escaño del parque unos jóvenes universitarios. Entra en conversación con ellos. Ya los conocía como los díscolos del barrio. Empieza a decirles lo que él siente, la gran apostasía de los católicos que se apartaron de Cristo y se quedaron con velitas y veladoras alejados del evangelio y entregados a supersticiones.

Empieza a hablarles de que es necesaria la conversión a Jesucristo. Que es necesario amarlo, servirlo fielmente, pensarlo frecuentemente, y modelar todo a su pensamiento, a su norma, a su mandato. Los jóvenes comunistoides se quedaron admirados de la palabra cálida del joven sacerdote.

Él les preguntó:

–     ¿Sienten ustedes esta necesidad de Jesucristo?

Ellos contestaron:

–     Padre, esto es lo que hacía tiempo estábamos deseando. Nosotros nos habíamos apartado de la Iglesia porque no nos daba lo que nosotros queríamos de ella, lo que estábamos buscando.

Nosotros somos muchos los que estamos en este deseo persistente. Si usted nos ofrece lo que deseamos, nosotros lo seguimos. Esta es la palabra que esperábamos. A nosotros nos hastía casi todo en la Iglesia, menos Jesucristo.

Si usted nos habla de Él, si usted nos relaciona con Él, si usted nos lo descubre, traeremos muchos compañeros. Si lo vemos a usted comprometido con los hombres, le llenaremos la iglesia, no de viejos ni de niños, sino de jóvenes.

Haremos resonar la iglesia con cantos espirituales. Nos apoderaremos del colegio, de la universidad. Eso es nuestra ilusión. Esto nos interesa aún más que la política de izquierda.

Por esto algunos de nosotros se pasaron a ser protestantes, porque no encontraron en la Iglesia Católica a Jesucristo. Es duro decirlo, pero es así. Pero si usted nos ofrece a Jesús, nosotros seremos felices de permanecer en ella, y estaremos orgullosos de ser católicos.

El cura se tornó profundamente serio y dijo:

–     Ahora el problema soy yo. ¿Estaré realmente penetrado de Jesucristo? ¿Estaré entusiasmado por Él? ¿Seré puro? ¿Seré pobre? ¿Estaré realmente comprometido? ¿Tendré suficiente amor hacía Él para transmitirlo a ustedes? ¿Les podré dar lo que ustedes me piden? ¿Un amor profundo, apasionado, delirante? Me voy a pedirle al Espíritu la palabra apta para llevarlos a ustedes al ideal del evangelio.

El joven cura se retiró de los muchachos. Ellos se quedaron mirándolo en silencio. Con paso ágil regresó a su iglesia. Encontró allí unos que estaban leyendo el periódico en ella, otros estaban conversando. Había un par de novios platicando libre e íntimamente. Había gente que paseaba, encendía una veladora de veinte centavos y seguía adelante.

Una señora entraba con unos cuadros de vidrio, más o menos supersticiosos, enmarcados para ser bendecidos. Otra venía a comprar milagros o exvotos de cera, que eran a veinte pesos. Pero, sobre todo, pasaban los indiferentes, los que no tienen a Jesucristo en su alma. Venían a contemplar dos cuadros coloniales que colgaban de las paredes.

El joven coadjutor llegó donde el párroco, quiso hablarle de lo que pasaba, pero no se atrevió. Lo vio tan lejano, tan distraído en otro mundo, que no quiso distraerlo.

Se dirigió a su cuarto. Su cuarto era pequeño, adornado de afiches y carteles del Che Guevara, de Camilo y de Allende. No le dijeron nada en ese momento. Vio un poco de libros que no tenían ninguna importancia en su vida. Novelas, biografías, temas sobre espiritismo. Toda la literatura de la revolución.

Recordando a los jóvenes, encontró que su bagaje interior era insuficiente para ellos. Abrió la Biblia, leyó los Hechos Apostólicos: “Ustedes tendrán poder cuando haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo y serán mis testigos en Samaría y hasta los últimos confines de la tierra” (Hch 2).

Parecía que estas eran las palabras que él buscaba. Él buscaba el poder del Espíritu Santo. Veía toda una Iglesia que necesitaba la renovación, la restauración en Jesucristo. Pero en esa palabra del “poder”, estaba el secreto de todo. Veía a centenares de ministros sin poder, sin fuerza interior.

Soñó en una Iglesia llena de adoradores en Espíritu y en verdad. Soñó en un catolicismo fervoroso, sin supersticiosos, sin adúlteros, sin borrachos, sin injusticia, sin folclor, sin desamor, sin procesiones donde van marchando encapuchados que esconden en sus hábitos de Viernes Santo la botella de aguardiente.

Soñó en que se borraban de su parroquia los prostíbulos, las cantinas, las casas de cita. Soñó con católicos tratando de ser realmente justos en la inmensa extensión de la palabra. Soñó en una multitud de católicos viviendo de acuerdo con el evangelio.

Pensó que debía hablarles de esto a unos cuantos amigos suyos sacerdotes. Pensó que debía reunirse con ellos para tratar, en oración, el cambio radical de los católicos al evangelio y a Jesucristo.

Estaba en eso, cuando tocaron a su puerta. Era la muchacha de la casa cural que le avisaba que había como 20 jóvenes universitarios que querían hablar con él. La conversación fue muy directa. Uno de ellos le dijo:

–     Padre, si usted nos ofrece a Jesucristo, nosotros regresamos a la Iglesia. Nosotros lo deseábamos. Estábamos buscándolo. No teníamos una voz que nos hablara tan sinceramente de Él. No podíamos dialogar con nadie. Denos a Jesucristo, padre, no nos dé conferencias.

No piense en ganarnos con salones de juego, con paseos. Todo eso lo tenemos nosotros por nuestra propia cuenta. Nosotros a quien queremos es a Jesucristo y su justicia. Nosotros sabemos que usted nos lo va a dar. Hace años que los jóvenes estamos deseando a Jesucristo.

El padre quedó en silencio, antes de responder a esta palabra sublime. De repente saltó una pregunta inesperada, que ninguno entendió, pero el padre sí la comprendió muy bien. Un muchacho que tenía una Biblia le preguntó al sacerdote:

–     Díganos, padre: ¿Usted ya tiene la unción del Espíritu Santo? ¿Lo ha recibido? ¿Ha recibido la promesa?

El joven coadjutor bajó la cabeza y se quedó pensando, silenciosamente, en esta extraña y grave pregunta, sin atreverse tan rápidamente a responder.