“Después de este magnífico triunfo”, decía mi General, rodeado de capitanes y de coroneles, “después de este magnífico triunfo, debemos tomarnos un trago de Whisky”.

¡No es para menos! Mi General había luchado durante siete años en esta gran campaña. Había utilizado aviones y helicópteros. Había gastado millones de pesos, pero no había logrado nada. Acariciándose el bigote y con la voz de general prusiano: “Después de este triunfo tan grande, tomémonos un trago de Whisky”.

La lucha había sido larga. Hubo muchos muertos de parte de las fuerzas militares. A lo último, se había ofrecido dinero al que entregara vivo o muerto al hombre por quien se peleaba. Llegó a ofrecerse quinientos millones.

Mi General, con los mapas extendidos sobre la mesa, montó una gran estrategia. Mi general colocó tres mil quinientos hombres a lo largo del camino. Mi General era un gran estratega. Mi General publicaba diariamente partes de su victoria y ofrecía cada día mayor recompensa a quien entregara, vivo o muerto, al enemigo.

Pasaban los meses, los años. La gente le preguntaba a mi General que cuándo terminaría esta campaña. Mi General, con voz ronca, como un general prusiano, se acariciaba el bigote y decía: “Pronto, muy pronto. Las fuerzas del orden ganarán la batalla, tengan confianza en su General”

Al fin, aparece un curita viejo y desarmado, sin tener noción de estrategia, sin conocer el camino, sin un centavo en el bolsillo, sin ofrecer ni un peso. Todo mundo decía que era ilógico, que era iluso. Todo mundo decía que ese no tenía sentido.

Y el curita viejo y el curita desarmado le mandó una carta por el aire o por el éter, no sé exactamente por dónde, y la recibió el enemigo a quien mi General no había podido coger y que estaba lejos de entregarse, porque tenía dinero y hombres.

El enemigo le dijo al curita a dónde debía ir a recogerlo. Y el curita viejo y desarmado fue allá en un helicóptero, le dio un abrazo al enemigo, lo tomó de la mano como si fuera un niño y lo fue llevando a la cárcel.

Después vinieron unos cuantos soldados del hombre que se entregó e hicieron lo mismo. Mi General, con voz ronca de viejo estratega, juró sancionarlos estrictamente, implacablemente, olvidando que se habían entregado voluntariamente.

Mi General, acariciándose sus bigotes, está haciendo la lista de todas las faltas: las graves y las veniales y los malos pensamientos; y ha jurado castigarlos hasta el último maravedí.

Mi General se pasea a lo largo del salón entapetado de su cuartel principal, rodeado de estrategas, y dice, con voz ronca y severa, como la voz de los generales alemanes: “Después de este magnífico triunfo… nos vamos a tomar una botella de Whisky”.

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