Sin la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas no hay nada nuevo, tampoco en la Iglesia, si se quiere que sucedan cosas grandes y maravillosas, se debe estar abiertos a la gracia del Espíritu, hay que dejar de pensar en él, como una paloma o una simple energía, como un ráfaga de aire, hay que conocerlo como lo hicieron en su momento los apóstoles, la Virgen María, y los primeros cristianos, ya que ellos estaban convencidos del poder con el cual llenaba sus vidas para enfrentar las distintas realidades que los agobiaban.