Era un día donde el sol golpeaba con mucha fuerza, el calor era insoportable y las hojas de los árboles no se movían, estaban petrificadas en las ramas. Un grupo de jóvenes nos preparábamos para nuestra actividad semanal, la cual consistía en repartir meriendas en uno de los sectores afectados por la pobreza y el olvido. Nos dividimos en pequeños grupos y empezamos nuestra ruta por una de las manzanas del sector. Las casas que se hallaban alrededor eran de bahareques, otras, no muy lejanas eran de tablas. La gente se asomaba al vernos llegar, como si fuéramos salvadores o una especie de superhéroes, esperando algún acto sobrenatural, pero apenas éramos seres humanos como ellos. Empezamos nuestra actividad como lo habíamos programado y todo había marchado bien, ya solo faltaba entregar las meriendas a la comunidad.

El líder del grupo entregaba la merienda a un niño que tenía el cabello liso y un pequeño juguete que respondía con una sonrisa sin mediar palabras. La fila iba avanzando lentamente, aunque parte de la gente se aglomeraban alrededor esperando la oportunidad perfecta para abalanzarse y salirse con las suyas, pero no es de extrañar, porque cuando la necesidad toca las entrañas la supervivencia es nuestra mejor arma. Minutos después en el siguiente turno, vi al mismo niño con su sonrisa esperando ser atendido y el líder se percató de su presencia y de manera cariñosa le dijo que su turno había pasado mientras con una seña le mostraba la creciente fila que aun faltaba. El niño dio pequeños pasos y se perdió en entre la multitud. Luego, se escuchó un fuerte grito de los encargados de la bodega y vi al niño correr de manera presurosa, como si el viento se lo llevara mientras lo señalaban a lo lejos. Me levanté y seguí sus pasos sin perder la vista. Dobló en una de las esquinas y se introdujo con pericia en un callejón estrecho, el cual pude entrar dando pequeños tropiezos. Cuando llegué al final el niño partía una de las meriendas entres dos niños de escasos tres años que momentos después notaron mi presencia. El más chico me miró sosteniendo un trozo de pan con una ternura penetrante. Era una mirada que pedía ayuda, una mirada diferente que me dejo inmóvil y todos los intentos de reprocharles por lo anterior quedaron desvanecidos. Me devolví caminando lentamente pensando en aquella escena y me cuestionaba por las veces en que era indiferente a mi hermano, en las que los dejaba sin mi ayuda por mis propios intereses. Te vi, Señor, y sentí pena por las veces en que pasaste a mi lado y no te reconocí., musité.

Muchas veces pensaba que Dios era como lo describen las películas, como alguien inalcanzable que vive muy lejos de nosotros y que es un viejo de barba blanca. No, ese no es Dios. Ese día lo vi en la mirada de ese niño que aunque no tuviera nada, era feliz con ese pedazo de pan y descubrí que Dios está en el que sufre, el que llora, el que ríe…Él está cerca.
Que hoy sea un día de dar sin esperar nada a cambio, de dar sin límites porque no hay nada más hermoso que ver sonreír a los que uno ama.