Hay un polvorín nacional por la columna de una colega periodista que reservándose su derecho al silencio, denunció la violación de la que fue objeto por parte de su jefe, un hombre con poder en Colombia. A partir de allí y al igual que el #MeToo en norte América, se han levantado voces en contra del abuso y el mal trato a las mujeres.

Es un momento histórico para que se termine una práctica usual de la cultura patriarcal. El abuso de los hombres de sus puestos de poder, sobre los deseos, ambiciones y necesidades laborales de las mujeres.

Nadie hablaba de ese tema porque no era bien visto. Aún aquí y ahora, tendemos a mirar con sospecha de culpabilidad, a aquella que se atreve a denunciar a un abusador. Por eso, tal vez, las mujeres callan. Porque “Es que el hombre tiene derechos y las mujeres que acceden son sinvergüenzas”.

De la mano de esos abusos, también hay que hablar de los malos tratos, de los gritos, de los insultos, de las palabras que hieren y descalifican con las que algunos jefes y jefas tratan a sus subalternos.

Gente que cree que el dinero o el puesto lo ponen por encima de de los demás y le dan un látigo para intratar al otro por su condición de subalterno. Gente que humilla y avasalla, o es condescendiente con el otro, que es tan humillante como un grito.

Qué bueno sería si en la educación, de la misma manera que enseñamos a leer y a sumar, enseñáramos a bien tratar. Que fuera para nosotros tan trascendente o más que las matemáticas o el español. Que diéramos medallas y puntos a quienes traten mejor y sean más amables.

Que nuestros héroes fueran los que son más humildes y sirven más. Que arrogancia y vanidad, fueran palabras muertas en nuestro idioma.

Qué bueno sería, que creyéramos que seguir a Jesús es más de amor y servicio que de ir a la Iglesia y darse golpes de pecho.