203 A su pueblo Israel Dios se reveló dándole a conocer su Nombre. El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente.

Muchas discusiones alrededor del nombre de Dios, que si este o aquel, lo importante es tener la claridad que ha querido revelarse Dios para intimar con cada uno de nosotros, para decirnos personalmente que quiere que intimemos con Él, que quiere relacionarse con nosotros dándonos a conocer todo lo que Él hay, en sus tres Personas Divinas, cómo quiere salvarnos, como quiere que le adoremos, le alabemos y le glorifiquemos.

204 Dios se reveló progresivamente y bajo diversos nombres a su pueblo, pero la revelación del Nombre Divino, hecha a Moisés en la teofanía de la zarza ardiente, en el umbral del Éxodo y de la Alianza del Sinaí, demostró ser la revelación fundamental tanto para la Antigua como para la Nueva Alianza.

Así como se reveló en la historia de la salvación a un pueblo en particular, hoy quiere Dios revelarse a nosotros, a cada uno en nuestra historia personal de vida, de la misma en forma progresiva, lo vamos conociendo en cada etapa de nuestra vida, acorde a ellas Él se va revelando, pero fundamentalmente en la medida en que abrimos el corazón para que esto suceda, es decir toda nuestra existencia se abre a Dios para que Él selle su Alianza con nosotros.

El Dios vivo

205 Dios llama a Moisés desde una zarza que arde sin consumirse. Dios dice a Moisés: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3,6). Dios es el Dios de los padres. El que había llamado y guiado a los patriarcas en sus peregrinaciones. Es el Dios fiel y compasivo que se acuerda de ellos y de sus promesas; viene para librar a sus descendientes de la esclavitud. Es el Dios que más allá del espacio y del tiempo lo puede y lo quiere, y que pondrá en obra toda su Omnipotencia para este designio.

A diferencia de otras experiencias religiosas, donde sus dioses son representadas por estatuas, las cuales no hablan ni pueden comunicarse directamente con los seres humanos, el Dios de Israel y el de nosotros los cristianos, desde los comienzos de la historia de la salvación se revela como un Dios vivo, él que acompaña a su pueblo, a sus creyentes de una manera personal, mostrando con obras concretas su deseo de hacerlos felices, yendo más allá de lo convencional que otros “dioses” han mostrado de su accionar por sus fieles.

206 Al revelar su nombre misterioso de YHWH, “Yo soy el que es” o “Yo soy el que soy” o también “Yo soy el que Yo soy”, Dios dice quién es y con qué nombre se le debe llamar. Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por esto mismo expresa mejor a Dios como lo que él es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o decir: es el “Dios escondido” (Is 45,15), su nombre es inefable (Cf. Jc 13,18), y es el Dios que se acerca a los hombres.

Dios al revelar su nombre nos confía su Ser, su intimidad, aunque parezca más misterioso, nos acerca a su esencia, nos dice que en Él se encuentra la plenitud, la magnificencia y la misericordia. Para los judíos siempre fue y sigue siendo innombrable Dios, pues al no tener un traducción precisa, implica también un misterio que envuelve en la medida en que nos relacionamos con Él, además también por la creencia que se nombra a algo, en este caso a alguien, se tiene cierta pertenencia a la persona por el nombre que tiene.

207 Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el pasado (“Yo soy el Dios de tus padres”, Ex 3,6) como para el porvenir (“Yo estaré contigo”, Ex 3,12). Dios que revela su nombre como “Yo soy” se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su pueblo para salvarlo.

Como ya se ha dicho con la revelación de su nombre, Dios, el Señor, Yahvé, nos expresa su cercanía y deseo de estar cerca de cada uno de nosotros, primero con el pueblo de Israel, pero ahora que nosotros somos su nuevo pueblo, la Iglesia, debemos descubrir en el término “Yo soy”, ese reconocer que somos imagen y semejanza suya, que también nosotros podemos decir yo soy hij@ de Dios, sin ningún temor, sino con la seguridad que lo somos porque Él así lo ha querido.

208 Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro (Cf. Ex 3,5-6) delante de la Santidad Divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: “¡ Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!” (Is 6,5). Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro exclama: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5,8). Pero porque Dios es santo, puede perdonar al hombre que se descubre pecador delante de él: “No ejecutaré el ardor de mi cólera…porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo el Santo” (Os 11,9). El apóstol Juan dirá igualmente: “Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (1 Jn 3,19-20).

Ante nuestro Dios grande y maravilloso, no queda otro camino que reconocernos pequeños y humildes, hacer la reverencia y adoración que nuestro Señor de cielo y tierra se merece. Rendirnos en su Presencia, es la respuesta que debemos dar, para que asumiendo la relación que tenemos con Él, podamos descubrir todo lo que se nos quiere revelar, para finalmente comprendamos que es un Dios cercano, que intenta por todos los medios, guiarnos por el camino que nos conduce a la salvación, aun en contra de nosotros mismos.

209 Por respeto a su santidad el pueblo de Israel no pronuncia el Nombre de Dios. En la lectura de la Sagrada Escritura, el Nombre revelado es sustituido por el título divino “Señor” (“Adonai”, en griego “Kyrios”). Con este título será aclamada la divinidad de Jesús: “Jesús es Señor”.

Aunque nuestros antepasados los judíos no pronunciaban el nombre de Dios, nosotros hoy podemos invocar el nombre de Jesús, el cual es él que nos salva, cuando es reconocido por cada uno de nosotros, como el Señor de nuestra existencia, ya que entregando su vida por nosotros, nos adquirió para sí, por su Sangre derramada en la Cruz, por el Espíritu Santo que nos regaló como promesa del Padre, todo esto lo constituye en Señor y Rey de la existencia de quienes creemos en Él.