218 A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (Cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (Cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (Cf. Os 2).

Dios se ha involucrado en nuestra historia por amor. Así como escogió al pueblo de Israel, lo perdonó, también quiere que nosotros en nuestra realidad actual, seamos salvados. La salvación está dada para toda la humanidad, por eso la importancia de sentirnos salvados por Dios y vivir como salvados, reconociendo que en el seno de su amor estamos presentes.

219 El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (Cf. Is 49,14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (Cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3,16).

El Amor que dios nos tiene es superior al amor de una pareja o de los padres hacia los hijos. Esto nos hace comprender que somos sus hijo muy amados y que nuestra actitud es de aceptación y acogida a ese amor inmenso que nos profesa. Jesucristo entregó su vida para salvarnos y lo hizo por amor. Ese amor, el Padre lo inspiró a su hijo Jesús para que Él se entregara por la humanidad.

En cuanto a nosotros nos corresponde amar a Dios a través de la entrega y el servicio a los demás, porque así como dice la escritura: “el que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” (1 Jn. 4,20)

220 El amor de Dios es “eterno” (Is 54,8). “Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará” (Is 54,10). “Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti” (Jr 31,3).

San Juan Eudes nos enseña que las tres divina personas viven en perpetua manifestación de amor. Esto significa que El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se profesan amor eternamente. De igual modo, ellos ofrecen su amor eterno a toda la humanidad. En palabras del mismo Juan Eudes, el corazón de Dios es una hoguera de amor que esparce sus llamas a la santísima Virgen María, a los ángeles, a los santos y toda la iglesia, por eso todos tenemos la fortuna de ser receptores del amor eterno de Dios.

221 Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: “Dios es Amor” (1 Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (Cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.

La afirmación que hace san Juan sobre “Dios es amor”, entra a determinar que la misma esencia de Dios es el amor. Él está constituido, hecho o en términos nuestros, “fabricado” por amor. De ahí que, si Dios es amor lo único que puede darnos es lo que es. Él emana su esencia y quiere que nosotros la hagamos concreta en nuestra realidad, en medio del compartir fraterno con los demás.