Siempre es común encontrar en los evangelios a Jesús acercándose a aquellos que en su época no debía: la samaritana, los mendigos, los enfermos, la adúltera, entre otros tantos. Su atracción por los oprimidos y marginados, su constante compañía hacia aquellos que no tenían a nadie que les acompañara, fueron algunas de las causas que lo llevaron por el camino hacia la cruz. Es una imagen constante: Jesús yendo a los que nadie iba, hablando de Dios a aquellos que según la costumbre religiosa, estaban apartados de Él.

Sin embargo hay una imagen que resulta bastante difícil ignorar o pasar desapercibida: Jesús convirtiéndose en un impuro. El título de este artículo puede verse sugestivo o incluso puede sonar como una falta de respeto hacia Jesús ¡pero no! Jesús siendo impuro no es más que una de las tantas imágenes del Jesús de los evangelios, uno decidido a tocar a los intocables.

Esta cuestión tiene su razón de ser en el primer capítulo del Evangelio de San Marcos versículos del 40 al 45 (Mc 1, 40-45). A Jesús se le acerca un leproso pidiéndole ser limpio. En primer momento es necesario precisar lo que significa ser leproso en la época de Jesús:

Las enfermedades en los tiempos de Cristo resultaban en su mayoría, ser una de las principales causas de marginación y exclusión. Se pensaba incluso que las enfermedades hacían parte de condenas generacionales, es decir, por los pecados de los antepasados pagaban los inocentes, o también eran vistas como “castigos divinos” por haber hecho algo malo.

La lepra era una enfermedad evidente, la piel se moría poco a poco, era difícil de esconder. Los leprosos eran a su vez exiliados a las afuera de los pueblos como medida de protección, pero esta terminaba siendo a su vez la muestra de exclusión más grande. Los leprosos no tenían nada, pero peor aún no tenían a nadie. Pasaban su vida anunciando por donde iban a pasar para que todos tuvieran tiempo de huir y no contaminarse no solo de la enfermedad, sino de la falla e impureza del enfermo.

Jesús como de costumbre no solo rompe la barrera de la marginación al acercarse, sino que ante los ojos de la gente de su época lo toca e instantáneamente para ellos pasa a ser un impuro. ¡Jesús toca al intocable! No le da miedo la mal llamada impureza en la que pueda caer, no le interesa si aquel hombre ha pecado o no, no ve en él la consecuencia de los actos de sus antepasado, ni siquiera lo sana a la distancia: ¡LO TOCA! Que bulla hace esto, que alboroto tuvo que haber causado en aquellos que por costumbre entendían a aquel leproso como un monstruo, pero también que felicidad para el leproso el sentir lo que seguramente no sentía hace mucho tiempo: un toque.

Jesús es impuro, se acerca a quien no debe y toca a quien no debe ser tocado. Le recuerda a aquella gente que la única impureza consiste en alardear de ser puro. Si Jesús fue impuro por haber salvado una vida, por haber hecho sentir al oprimido libre, entonces yo también quiero ser impuro a causa del Reino de Dios.

Este fue el día en que Jesús fue impuro, y nos hizo recordar que lo poco puro es lo que sale del interior del hombre.