Vi envejecer a mi papá, que pertenecía a esa generación absurda en la que “Los hombres no lloraban”, y con los años puede apreciar cómo de ser duro se iba ablandando, al decir de los demás: reblandeciendo porque se atrevía a mostrar sus emociones sin esconderlas, a expresar su amor y su inmensa emotividad que se vio obligado a tragarse durante toda su vida.

Y de alguna forma ese sello nos marcó a todos. Crecimos en un hogar lleno de muchas cosas que hoy agradezco. Nos enseñaron a apreciar la música clásica, la ópera, la lectura, a disfrutar de las cosas sencillas, a valorar lo realmente valioso. Nos enseñaron a disfrutarnos entre nosotros, los hermanos, la familia.

En estos días, vi el vídeo de una niñita muy linda y talentosa, de unos 10 o 12 años que maneja un títere de una coneja igual de bella y tierna que ella y esa niñita hizo gala de un talento formidable, con humor, actuación y canto que me conmovieron hasta las lágrimas y por mi mente pasaron muchos pensamientos en torbellino que me llevaron hasta mi papá.

Y pensé, me estoy reblandeciendo. Pero en ese mismo torbellino me surgió un enorme NO! No me reblandezco, antes, doy gracias por la sensibilidad que me permite apreciar lo que es grandioso. Disfrutarlo, atesorarlo y almacenarlo como alimento espiritual.

Esa sensibilidad es la que me ha permitido encontrar a Dios y a su amor en una puesta de sol y los colores maravillosos que despliega, así no sea la playa el decorado posterior sino el cemento y el asfalto.

He visto la maravilla que es la naturaleza, el darse amor y recibirse en una gata y sus gatitos o en cómo una pareja de aves arma laboriosamente su nido. Doy gracias por poder conmoverme y llorar ante la belleza, porque desde ella puedo encontrar a Dios Y tener a Dios en la vida es lo mejor que me ha podido pasar.

Eso me ha permitido ver lo bendecida que soy aunque no tenga dinero, graduó a la perfección mi escala de valores y me ha traído hasta donde estoy dando gracias cada día por todo lo que puedo vivir.