Una de las más grandes barreras que el hombre pone a la acción de Dios es el orgullo; ese creer que somos más inteligentes, más capaces, más valiosos que todos los que tenemos al lado y aún más que somos autosuficientes y no necesitamos a nadie. Aún Dios sale sobrando en nuestra vida porque todo lo podemos lograr según nuestras capacidades. También se expresa el orgullo en la ostentación, en el creer que las cosas que poseemos son las que le dan sentido a la vida y nos hacen felices. Se apuesta por todo lo material, lo que pesa, lo que brilla, lo que se puede tener como la razón de ser de la vida. Esta actitud nos lleva a atrincherarnos en nuestras posibilidades, a distanciarnos de todo y a establecer muy malas relaciones con todos. Terminamos haciéndonos daño y haciéndole daño a todos aquellos que están cerca. El orgullo nos hace débiles, en cuanto que nos deja a merced de nuestras limitadas posibilidades. Quien sólo cuenta consigo mismo tiene menos posibilidades que quien cuenta con los demás hermanos y con Dios mismo.

Por eso el Señor Jesús nace en un pesebre, por eso predica y sana a los pobres y a los rechazados, a aquellos que no tienen un corazón altivo sino que aceptan con humildad su mensaje y abren su ser a la acción de Dios. Con altanería, con prepotencia no se puede conocer a Dios. Un corazón lleno de ego no tiene espacio para Dios. Se necesita humildad, conciencia de nuestras limitaciones para poder abrirle el corazón y dejarlo actuar. Si el sentido de la vida está en las cosas que posees Dios sale sobrando. Sólo quienes entienden que el sentido de la vida va más allá de las posesiones puede tener una relación íntima, intensa, realizadora con Dios.

En las relaciones interpersonales el orgullo nos lleva a quedarnos en nuestro error, no nos deja reconocer nuestra necesidad del otro, nos cierra a escuchar sus palabras y nos engaña al hacernos creer que no estamos equivocados a pesar de todo. Quizás es muy fácil doblegar a los demás, es sencillo sacar nuestras afiladas lenguas y decirle al otro lo que sabemos que le duele; sabemos dónde pegar, qué decir para que al otro le duela y se quebrante… pero qué difícil es quebrantar nuestro corazón, qué duro es doblegar nuestro orgullo, eso sí que cuesta.

Pero si queremos que Jesús sea en nosotros, si de verdad esperamos por Él para que viva y reine en nosotros, tendremos que aprender a vencer nuestro orgullo, tendremos que aprender a dejar que los demás sean más importantes que nuestra rabia; que aquello que siento por el otro esté por encima de mi capricho de superioridad; que el amor me haga perdonar el error del otro y reconocer el mío para pedir perdón también.

Nada gana el corazón orgulloso más que su obstinación y su soledad; nada gana más que encerrarse hasta el ahogo, nada gana más que levantar un muro que lo dejará aislado y triste. El orgullo es una trampa que nos seduce y nos pierde; por eso estamos aquí pidiéndole al Señor que nos haga humildes para recibir la salvación y para tener una verdadera vida en abundancia.

Hoy te invito a revisar tus actitudes y a darte cuenta si estás siendo demasiado orgulloso. Ten la certeza que esa altivez no te va a ayudar ni te va a hacer crecer. Confía en el poder de Dios y ábrete a los hermanos en humildad. Todos necesitamos ser apoyados y bendecidos por los demás. Te deseo todo lo bueno y pido a Dios que te haga feliz. Animo, sé que puedes mejorar tus relaciones interpersonales si dejas esas actitudes de orgullo que han resultado tan dañina.