Os voy a contar una historia que me sucedió en alguna parte del mundo… Yo he viajado y he rodado mucho.

Un día fue a visitarme una señorita, toda seca y apergaminada. Era encantadora. Tenía una conversación inofensiva, que me hizo mucha gracia.

Entrando más a fondo, me contó que ellos eran tres: Su hermana, de ochenta años; su hermano, de setenta y ocho y ella, de setenta y siete. Todos tres enfermos y achacados… “Con un hilacho de vida”, como ella decía.

Al día siguiente de nuestra primera conversación, la señorita viejecita me llevó unos aguacates de la hacienda, una magnífica hacienda de más de cien hectáreas y que valía más de 20 millones de pesos, por estar en las goteras de la ciudad.

Los tres hermanos proyectaban viajar en esos días al Japón, que era lo único que les quedaba por conocer en el mundo. Cuando me contó del viaje al Extremo Oriente, yo me fruncí.

Me pareció un tanto inútil a esa edad y, además peligroso. Y me atreví a preguntarle: “Estercita”, así se llamaba, “¿tú ya hiciste el testamento, por si acaso dejas los huesos en el Lejano Oriente?”.

Me dijo que no. Que ninguno de ellos había hecho testamento, pues habían resuelto, en silencio, que el que muriera le dejaría a los dos sobrevivientes su parte intacta.

Como habíamos entrado en una gran confianza, yo le dije sin rodeos: “Pues yo creo, Estercita, que tú debes hacer testamento y dejarle algo a los pobres…”.

A Estercita la perdí de vista durante varios meses. Después supe que, a su regreso del Japón, había muerto cristianamente en un hospital de San Francisco.

…Alma bendita de Estercita…

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