¡Condenados a pasar la vida juntos!

Más allá del pueblo, más allá del río, más allá del bosque, se levanta la ennegrecida prisión donde sorben, como una bebida amarga, los días y las noches.

De rostros semejantes, casi idénticos, sólo los distingue el constante fulgor de los ojos. En el uno, claros y tranquilos; en el otro, negros y pálidos como la noche. Este, de ojos nochielos, gritaba desesperado, con gritos que oían a lo lejos:

– ¡Ay de mi vida! ¡Se fue! ¡me engañó, me engañó! ¡Me engañaron los libros, me engañaron los maestros, me engañó el sueño, me engañó el amor! ¡Ay de mi vida! ¡La vida que yo soñé bella, la que yo creí gloriosa y triunfal!
Malhayan los poetas que me ilusionaron. Tiempos perdidos que gasté leyendo a Virgilio y Perseo. Los únicos que valen, porque me han dicho la verdad, en todo su dolor, son Job y Luciano y Horacio y Marlowe y Espronceda; todos los demás mintieron. ¡Todo se fue! Ay. ¡Mi poema! El grande y eterno poema que soñé labrar de estrofas sonoras. ¡Ese que iba a cristalizar todo lo que siento! ¡Si las lágrimas, si las amarguras tuvieran asonancias!; ¡si la gran tristeza mía se consolidara en versos!
¡Ay de mi vida! Bien hacía el rey Canuto en llorar, a orillas del mar, de sentirse viejo y de ser incapaz de parar el hilo de los años… Bien la tristeza infinita de Fausto, al pensar que llegaba la última hora de la vida, a pesar de que poseía todas las ciencias y todos los arcanos.

Aquel hombre tenía los ojos misteriosos, sombríos y la cabellera rebelde. Tenía la voz ronca y cruda y el rostro duro y amargo, como de un arrenegado.

Calló, se levantó del banco desde donde estaba y alzó los brazos a la reja de la cárcel, en actitud desesperada. Y mirando al infinito, se le enturbiaron los ojos y se le humedecieron.
En tanto, silencioso y compasivo, lo miraba el compañero de prisión, que al ruido tumultuoso de aquel monólogo de la desilusión, había interrumpido la lectura plácida de su libro predilecto: Tránsito y agonía de la muerte”, por Alejo Vanegas.

– ¡Cállate, hermano, por Dios! Fue que soñaste demasiado. Tuviste la culpa. La vida es dura, la vida es cruel, y de gloria no tiene sino falso señuelo. ¡Pobre gloria! Sol de abismo, espuma de la historia… Todo eso lo sabíamos muy bien. ¿Por qué nos forjamos tan fantásticos anhelos?
No pensemos sólo en la vida de la Tierra, sino en la que ha de venir luego, Pronto llegará la dulce, la casta, la amada, la esperada muerte. Y después sí la vida.
No todo se va. Nuestros sueño, nuestras alegrías, dolores, debilidades, glorias, amores, no todo se va. Aprendamos a amar la muerte porque la vida es cruel. Ah, la muerte, la buena, la santa, la compasiva, la que nos deja calentar una larga esperanza. La que ha de librar todo engaño y nos ha de embriagar de luz y de amor.

El prisionero que hablaba se levantó del banco y extendiendo los brazos, agarró los barrotes de la venta y gritó extático:

– Ven, muerte, ven que te quiero abrazar contra el pecho. Porque tú me harás ver lo que sueño, porque tú realizarás todos mis anhelos truncos. Ver una luz que los ojos no vieron y oír una armonía que oído humano oyó y decir una palabra que quema los labios y que no tiene voz. Tú, muerte, nos traes una esperanza y al calor de su llama, debemos madurar.

En el silencio absoluto de aquella soledad y a la luz de la tarde que ya se apagaba, se vio que los dos prisioneros, en un momento de extraño de paz, se acercaron, callados, a la ventana y contemplaron intensamente la inmensidad y la esperanza del cielo. Y se fundieron en un solo que tenía el aspecto del alma.

La torre ennegrecida y misteriosa también desapareció, como por conjuro y por encantamiento, y al estilo de los cuentos antiguos, se fue transformando en el cuerpo de un hombre.

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