Hablar de algo nuevo siempre es sinónimo de sorpresas, de lo inesperado, de lo inimaginable, y de eso se trata precisamente la finalidad de la cuaresma, un camino vivencial de 40 días hacia lo que los cristianos consideramos como el evento más importante de todos, el sacrificio de Cristo en la cruz y su gloriosa resurrección. Para ese evento, hemos de estar preparados, con nuestras mejores galas, para estar a la altura de dicha celebración. Sin embargo, las galas que se nos invitan a portar, son aquellas que no se ven, son las que nos definen como persona y nos hacen dueños de una identidad de pensamiento, de palabra y de acción, allí es donde se centrará la reconstrucción.

La cuaresma es un proceso o “camino”, una peregrinación como la realizada por el mismo Jesús, en profundo ayuno en el desierto. Esta peregrinación de la cuaresma, nos permitirá adentrarnos en nuestra relación con el Padre, permitiéndonos renovar el compromiso hecho como soldados de su ejército, un ejército que con la palabra y el testimonio, está llamado a producir abundantes frutos para gloria del reino de Dios y el bien de la humanidad.

En nuestro caminar de fe, la relación con Dios suele verse entorpecida por una infinidad de elementos propios y externos. Eso suele suceder porque en el peregrinar de la vida, solemos pensar que nuestro tiempo personal con Dios se limita a los horarios de la eucaristía o alguna oración que tengamos oportunidad de hacer durante el día, y no entendemos que nuestra vida debe ser vivida en completa configuración con Él.

Esa adhesión a Jesús debe entenderse como un paso por nuestro desierto personal en compañía del Espíritu Santo, entendiendo que aunque atravesemos momentos de sequía, hambre, sed (espiritual y emocional), es el mismo Jesús a través de su Santo Espíritu el que nos levanta y nos da las fuerzas para continuar, comprendiendo cuan necesitados de la misericordia y el perdón de Dios estamos aunque no seamos merecedores, y reflexionando cada una de las acciones de Jesús en su paso por la tierra, asumiéndolas con la mayor fidelidad posible en nuestra vida.

Una serie de elementos nos ayudarán en esta dura tarea de renovación personal, son como nuestras estaciones de descanso para hidratarnos y alimentarnos, en ese peregrinar que emprenderemos; el primero de ellos, la oración, ese momento indispensable y único de encuentro con Dios, de petición de su gracia sobre nosotros y de entrega absoluta; la mortificación, es la entrega de las acciones diarias que nos molestan o no nos gustan, aceptándolas con docilidad; la caridad, el centro de todo cristiano, el vivir para darse a los demás y hacerlo con un corazón alegre y dispuesto; el ayuno, una práctica que consiste en solo ingerir una comida al día y la abstinencia es la privación del consumo de carne. Aunque con el tiempo, se nos ha invitado a ayunar no necesariamente de alimentos si no de muchas acciones propias que debemos abandonar, el objetivo del mismo es hacer obras en reparación de nuestros pecados.

Teniendo claro lo necesario para iniciar el viaje, ¿estás listo para comenzar el diseño de tu nuevo “yo” para la gran fiesta? Comencemos hoy miércoles, con la imposición de las cenizas en nuestra frente, recordando nuestro origen en el polvo y nuestro regreso al mismo, cuando culminen nuestros días en esta tierra.