Un cristiano que excluye no es tal, porque su actitud no corresponde a las enseñanzas de Jesús. Son varios los episodios que encontramos en el Evangelio donde Jesús se pone en favor de los marginados y oprimidos de su tiempo. Cosa contraria ocurría con las autoridades civiles y religiosas, principales fomentadoras de la opresión.

Jesús al entrar un sábado en la sinagoga, dice a un hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio.» (Mc.3, 3). Esta afirmación en el contexto judío era un desafío a las autoridades religiosas, porque una persona enferma se consideraba impura e indigna de ocupar lugares privilegiados en la sinagoga, sin embargo, Jesús asume el riesgo y hace que este hombre marginado ocupe el lugar central. Esto significa que su dignidad de hijo de Dios fue restablecida y que a pesar que muchos lo consideraban impuro, para Jesús era su hermano, hijo amado del Padre.

En este ambiente de incertidumbre para algunos, de intolerancia para otros y de admiración para muchos Jesús dice: ¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?» «Extiende la mano.» Él la extendió y quedó restablecida su mano. (Mc. 3, 4-5). Recordemos que los milagros de sanación que realiza Jesús van más allá de lo físico, trascienden al plano de la salvación; por eso, no solo le devolvió su dignidad y su salud, sino que además le otorgó la gracia de la salvación.

La discriminación sigue aquejando a la humanidad. Se supone que los cristianos no deberíamos sufrir de este mal, sin embargo, en ocasiones aislamos a nuestros hermanos, por su raza, creencia o condición sexual. Esta actitud en nada corresponde a las enseñanzas de Jesús y muestra un rostro tergiversado del Evangelio. Hermanos que nos leen, piensen por un momento como es su actitud ante las diferencias de los demás; es de rechazo y marginación o es de acogida y misericordia. No se trata de aceptar el pecado, sino de ser agentes de salvación, mostrando con nuestra actitud la verdad del evangelio.