Regularmente cuando hablamos de ser creyentes nos quedamos en el hecho de creer que existe Dios y nada más. Sin embargo, es necesario que sepamos la importancia y responsabilidad que tiene aquel que lo dice ser. Más allá de las palabras, el creyente debe realizar acciones que hablen de su fe y que den razón del Dios que profesan, es decir, no podemos pensar en una fe que no tenga su muestra en las acciones.

Hoy queremos compartir una invitación que debe siempre estar presente en el imaginario del creyente, esta es: Propiciar pentecostés. No podemos ir por el mundo tratando de mostrar que somos creyentes si no somos capaces de sembrar en los demás la semilla del Espíritu Santo. Entre otras cosas esta es tarea de todo aquel que confiesa la fe en las Tres Divinas personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Pero para poder propiciar pentecostés, es necesario que nosotros primero vivamos pentecostés. No podemos pretender dar aquello que no hemos recibido y por ende no tenemos. Por esta razón es necesario que a diario pidamos con fe la presencia del Espíritu Santo, para que él sea quien nos regale su fuerza y nos permita propiciar en los demás un verdadero pentecostés.

Esta es una responsabilidad del creyente, no se trata de una opción, sino de un deber que todos quienes confesamos nuestra fe en Jesús tenemos como encargo. El padre Alberto Linero, hace un llamado en su libro “La pasión de servir” a cada uno de aquellos que dicen ser servidores, que a su vez deben ser también aquellos que dicen ser creyentes. El llamado que hace el padre es el siguiente: “Todo servidor debe provocar una experiencia de Espíritu Santo en aquellas personas a las que sirve. Sus palabras y sus acciones deben comunicar el amor y la fuerza del Espíritu Santo de tal manera que sientan el gozo que los transforma”.

Nace entonces un interrogante que debe cuestionarnos a todos quienes somos creyente: ¿soy capaz de propiciar pentecostés? Es necesario que evaluemos nuestra vida de fe y tratemos de identificar si nuestras acciones y nuestras palabras van en pro de propiciar en los demás una experiencia del Espíritu Santo. Si no somos difusores de su fuerza, entonces es momento de darle la dirección correcta a nuestra fe, y empezar a enfocarla en dar a los demás lo mejor de nosotros, en especial al Espíritu de Dios.

Pidámosle a Dios el ánimo y la fuerza para ser difusores de su Espíritu Santo, de manera que en todos los lugares a donde vayamos, podamos ser creyentes que propician un nuevo pentecostés.