198 Nuestra profesión de fe comienza por Dios, porque Dios es “el Primero y el Ultimo” (Is 44,6), el Principio y el Fin de todo. El Credo comienza por Dios Padre, porque el Padre es la Primera Persona Divina de la Santísima Trinidad; nuestro Símbolo se inicia con la creación del Cielo y de la tierra, ya que la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios.

Nuestra fe en Dios padre, tiene su fundamento en su misión creadora, por eso, como fruto de su creación estamos llamados a darle la gloria y bendecirle por habernos llamado a la vida como como su obra máxima, por esta razón, cada mañana al levantarnos, nuestro primer pensamiento ha de ser el de darle gracias a Dios por un nuevo nacimiento, y una nueva oportunidad para contemplar la obra de sus manos.

199 “Creo en Dios”: Esta primera afirmación de la profesión de fe es también la más fundamental. Todo el Símbolo habla de Dios, y si habla también del hombre y del mundo, lo hace por relación a Dios. Todos los artículos del Credo dependen del primero, así como los mandamientos son explicitaciones del primero. Los demás artículos nos hacen conocer mejor a Dios tal como se reveló progresivamente a los hombres. “Los fieles hacen primero profesión de creer en Dios” (Catech. R. 1,2,2).

Cuando afirmamos que creemos en Dios, esto implica nuestra profesión de fe en torno a las tres divinas persona: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En la primera parte del credo la profesión está enfocada hacia Dios como Padre el cual poco a poco se nos fue revelando hasta su plenitud por su hijo Jesucristo, por eso, al decir “creo en Dios”, debemos ser conscientes de la magnitud de nuestra fe y del significado que debe tener para nuestra vida el poner toda nuestra confianza en un Dios creador y salvador y santificador.

200 Con estas palabras comienza el Símbolo de Nicea-Constantinopla. La confesión de la unicidad de Dios, que tiene su raíz en la Revelación Divina en la Antigua Alianza, es inseparable de la confesión de la existencia de Dios y asimismo también fundamental. Dios es Único: no hay más que un solo Dios: “La fe cristiana confiesa que hay un solo Dios, por naturaleza, por substancia y por esencia” (Catech.R., 1,2,2).

Nosotros creemos en un único Dios, pero a veces no es tan fácil comprender como es uno solo cuando hablamos de Dios padre, Dios hijo y Dios Espíritu Santo. Esto significa que así como nuestro cuerpo es uno solo y tiene varios miembros y estos están en perfecta relación y sintonía para que la unidad del cuerpo funcione correctamente, así mismo, Dios es uno solo conformado por El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo los cuales cumplen misiones específicas pero no independientes, sino en perfecta relación, por eso, el Padre como creador, el Hijo como redentor y el Espíritu Santo como santificador están en perfecta y perpetua armonía, todo por amor a la humanidad.

En los numerales siguientes, vemos cómo Dios se reveló como el Único, desde el Antiguo Testamento a los israelitas y a nosotros por medio de su Hijo Jesucristo.

201 A Israel, su elegido, Dios se reveló como el Único: “Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt 6,4-5). Por los profetas, Dios llama a Israel y a todas las naciones a volverse a él, el Único: “Volveos a mí y seréis salvados, confines todos de la tierra, porque yo soy Dios, no existe ningún otro…ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua jurará diciendo: ¡Sólo en Dios hay victoria y fuerza!” (Is 45,22-24; Cf. Flp 2,10-11).

202 Jesús mismo confirma que Dios es “el único Señor” y que es preciso amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y todas las fuerzas (Cf. Mc 12,29-30). Deja al mismo tiempo entender que él mismo es “el Señor” (Cf. Mc 12,35-37). Confesar que “Jesús es Señor” es lo propio de la fe cristiana. Esto no es contrario a la fe en el Dios Único. Creer en el Espíritu Santo, “que es Señor y dador de vida”, no introduce ninguna división en el Dios único:

Creemos firmemente y afirmamos sin ambages que hay un solo verdadero Dios, inmenso e inmutable, incomprensible, todopoderoso e inefable, Padre, Hijo y Espíritu Santo: Tres Personas, pero una Esencia, una Substancia o Naturaleza absolutamente simple (Cc. de Letrán IV: DS 800).

Solo hay un Único Dios, y para Él es nuestra gloria y alabanza. A veces ponemos nuestra confianza en cosas vanas y hasta creamos nuestros propios dioses que se ajusten a nuestra manera de vivir, pero eso es contrario al mandato del Señor que nos llama a creer en un solo Dios y dejar de lado todas esas cosas que nos separan del amor del Único y verdadero Señor.