La necesidad absoluta de renovación espiritual, de conversión íntima, de avivamiento interior nos hace volver los ojos necesariamente al único que puede convertirnos y renovarnos: el Espíritu Santo. Hay cinco puntos en que debemos meditar para introducirnos en el bellísimo mundo del Espíritu Santo: ¿Quién es el Espíritu Santo? ¿Para qué vino? ¿Qué significa ser lleno del Espíritu Santo? ¿Por qué la mayoría de los cristianos no son llenos del Espíritu Santo y llevan una vida lánguida e inversa? ¿Cómo puede ser uno lleno del Espíritu Santo? Voy a contestarles brevísimamente estas interrogaciones:

Primero: ¿Quién es el Espíritu Santo? La Escritura nos dice: Cuando venga el Consolador, a quien yo les enviaré del Padre, el Espíritu de Verdad, el cual procede del Padre, Él dará testimonio de Mí. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, amor personal. Todo lo que es amor procede del Espíritu. Cuando el hombre tiende hacia Dios, es el Espíritu, que está obrando en Él; cuando el hombre sirve al hombre, es el Espíritu, que misteriosamente está obrando en su corazón. En todo acto de ternura sincero, en todo acto de abnegación, en todo acto de unión a Dios y de servicio al hombre, obra el Espíritu Santo. Él procede del Padre. Él es el que da testimonio de Cristo. Él es el Consolador, el único que puede consolar al hombre en su inmensa melancolía. El hombre que nunca alcanza humanamente su ensueño, su anhelo, es consolado por el Espíritu Santo.

Segundo: ¿Para qué vino? En los Hechos de los Apóstoles, leemos esta palabra: Ustedes recibirán poder cuando haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo y me serán testigos. El Espíritu Santo vino para darnos poder. Sin Él, somos incapaces de ser testigos de Cristo. Sin Él, llevamos una vida dormida espiritualmente, ahogada por el pecado. Sin una presencia viva del Espíritu tenemos lo que vemos ahora: millones de bautizados que no aman a Cristo, que no lo sienten en su corazón, que no anhelan por Él, que no lo proclaman, que no siguen el Evangelio, que no arden de alegría por su presencia. Vemos lo que estamos contemplando: un mundo cristiano envuelto en el pecado, un mundo cristiano frío, totalmente impasible al amor de Dios y al amor del hombre. Un mundo apostatando, un mundo al borde de la guerra, un mundo de secuestros, de injusticias, de obscenidades y de latrocinios, un mundo de infidelidades. Ese es el mundo sin el Espíritu Santo. El Espíritu Santo vino para darnos sus dones: el don de alegría, el don de la paz, el don del amor, el don de la sabiduría, el don de ciencia, el don de fe, el don de la palabra entusiasmada, el don de la fortaleza.

Tercero: ¿Qué significa ser lleno del Espíritu Santo? En Efesios 5, 18 leemos: No se embriaguen ustedes con vino, en lo cual hay disolución; antes bien, sean llenos del Espíritu Santo, hablando entre ustedes con salmos, con himnos, con cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en sus corazones. Este es el grupo de oración de los primeros cristianos y de los cristianos renovados actuales. Ser llenos del Espíritu Santo es una obligación para todos los cristianos. Para usted, querido lector, y para todo el que nunca se ha preguntado acerca de la obligatoriedad, del entusiasmo, del fervor religioso. Ser lleno del Espíritu Santo es nacer de nuevo, como dice Jesús: Es necesario nacer del agua y del Espíritu. Ser lleno del Espíritu Santo es estar lleno de Cristo, es caminar en su luz, es estar limpio de todo pecado, es estar controlado por Cristo.

Cuarto: ¿Por qué el cristiano común no está lleno del Espíritu Santo? Porque el cristiano común continúa viviendo una vida llena de desobediencia y de desinterés hacia Dios. Porque le falta conocimiento, porque rechaza la fe, porque rechaza la invitación persistente del Señor para abrirse a la vida divina, porque se encadenó al pecado voluntario, porque solamente está atento a las cosas inmediatas y transitorias del mundo, porque es un hombre únicamente carnal.

Quinto: ¿Cómo puede ser uno lleno del Espíritu Santo? Somos llenos del Espíritu Santo por fe. Por gracia somos salvos, mediante la fe, dice la Escritura. Yo rogaré al Padre y les dará otro Consolador para que esté con ustedes para siempre. El Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni conoce, pero ustedes le conocen porque mora con ustedes y estará con ustedes (Jn 14, 16-17). Somos llenos del Espíritu Santo si hacemos un acto profundo de súplica y de fe a Jesucristo, rogándole nos envíe el Espíritu Santo. Si lo hacemos especialmente en compañía de otras personas. Haga usted la experiencia más bella de su vida. Ruéguele a Cristo que le envíe al Espíritu Santo, que se lo avive en su corazón, con todos sus dones, con todos sus frutos. Comience a leer la Escritura, arrepiéntase de sus pecados sinceramente, acepte a Jesús como a su exclusivo Salvador.

Arrepiéntase, bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibirá el Espíritu Santo (Hech 2, 38). Confiese sus pecados a un sacerdote, pídale a él o a un cristiano avanzado en el camino espiritual que ore por usted, que le imponga, con profunda fe, las manos para que Dios lo renueve a usted, para que Dios le otorgue la plenitud espiritual que cambiará su vida y que lo hará un cristiano ardiente, parecido a los cristianos de los Hechos Apostólicos.

Y empiece usted a caminar la vida de Cristo. Una vida de oración, una vida de lectura bíblica, una vida en que usted proclama a Cristo a sus hermanos; una vida en que usted tiene una pequeña comunidad con la cual compartir una vida de comunión, una vida de esperanza.