Carta a Dios, el inventor de lo bueno

VEN. En cada rincón del mundo en que vivimos oirás un grito o un suspiro. Son las entrañas de tus hijos que intentan, pero no alcanzan del todo a ser felices. En cada hombre que trabaja o duerme, en cada mujer, que camina o ríe, en cada niño, en cada niña, hay una carta pidiéndote que vengas. Que nunca dejes de venir.

Necesitamos tu bondad, necesitamos el amanecer que trae tu aliento, necesitamos el descanso para nuestros corazones, que no dejan de esperar un poco más, que no se rinden pero tampoco se conforman, que quieren que la vida sea un poco más que esto que inventamos y que deja rezagos de soledad o dolor en cada esquina.

No dejes de Venir.

Has llegado en todo lo bueno y sorprendente que nos rodea, en cada sol que se asoma después del aguacero (y también en el aguacero), en el pan que no ha faltado en nuestra mesa, en quienes aún tienen espacio en los bolsillos para ser amables, en ese toque de buen humor de los extraños, en los amigos que siempre vuelven, porque nunca se van del todo.

Has venido en los besos que dicen lo que no es posible pronunciar, en los silencios que despiden para siempre a los amados, y en cada fuerza de nuestro cuerpo con las que hemos podido reír a carcajadas. Has venido, y quizá te hemos visto, pero aún si no… tú estabas ahí…

VEN. Trae en la maleta tus inventos para reparar el mundo, compártenos la dicha que pueda completar nuestra alegría, convéncenos de dar, en la humildad desnuda del que no sabe nada más que amar, que es la única razón por la que vale la pena tener algo.

Ven y, una vez más, en el chiquitín del pesebre, danos la más extraordinaria y anhelada prueba de tu amor. Amén.

Oramos un Padrenuestro.

Que desde el fondo de nuestros deseos…

Siempre viene bien…