Tomado de RCCRadio.fm

Cuando se habla de los carismas, es frecuente pensar en el gran acontecimiento de Pentecostés y en las maravillas que le siguieron en la primitiva Iglesia: el viento, el ruido, el temblor de tierra, las lenguas de fuego, el don de lenguas. Por otra parte, vienen a la memoria las listas de carismas que menciona san Pablo: los milagros, las sanaciones, la profecía, el don de lenguas, entre otros. La pregunta que nos planteamos es si se puede hablar otro tanto de la acción del Ruah Yahveh (el Espíritu de Dios) en el Antiguo Testamento.

Hablar del poder de Dios en el Antiguo Testamento es hacer referencia al Ruah Yahve que es el que está, por ejemplo, detrás de la fuerza de los querubines: Sus alas estaban desplegadas hacia lo alto; cada uno tenía dos alas que se tocaban entre sí y otras dos que le cubrían el cuerpo; y cada uno marchaba de frente; donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y no se volvían en su marcha, Ez 1, 11-12) o detrás de la fuerza física de Sansón: El espíritu de Yahveh le invadió, y sin tener nada en la mano, Sansón despedazó al león como se despedaza un cabrito; pero no contó ni a su padre ni a su madre lo que había hecho (Jue 14, 6). En el Antiguo Testamento, el Espíritu de Dios manifiesta en formas concretas el poder de Dios, como se ve en los ejemplos anteriores.

Cuando nos preguntamos por los carismas del Ruah Yahveh, es posible que evoquemos la lista de los llamados “siete dones del Espíritu Santo” tal como se enseña en la catequesis: Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh (Is 11, 1-3). En realidad son seis dones o “espíritus” (ya que el temor de Yahvh se menciona dos veces; san Jerónimo tradujo una de ellas por el don de piedad), llamados también el “septenario” o la “septiforme gracia”. Se trata, de nuevo, de la manifestación del poder de Dios sobre su Ungido (Mesías) que, en una primera perspectiva, es el “hijo de Jesé”: el rey David; y, en una perspectiva ulterior, el Mesías, Hijo de David. Fuera de la mención de los dones del Espíritu de Dios en el Antiguo Testamento, se halla referencia de otros carismas especiales:

Liderazgo

Dios es el creador de todas las cosas, el que se escogió un pueblo de entre todas las naciones (en el lenguaje del Antiguo Testamento existe un solo pueblo: ‘am. Todos los demás son naciones: goyim). Sin embargo, Dios, que es causa primera, no actúa como causa segunda, sino que lo hace a través de personas, de siervos suyos (instrumentos). De esta manera se entiende que sea el Espíritu el que suscite los líderes que dirijan y orienten al pueblo de Dios: Respondió Yahveh a Moisés: “Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el espíritu, impónle tu mano, y colócalo delante del sacerdote Eleazar y delante de toda la comunidad para darle órdenes en presencia de ellos y comunicarle parte de tu dignidad, con el fin de que le obedezca toda la comunidad de los israelitas” (Num 27, 18-20). Especialmente en el caso de los jueces que necesita el pueblo, se subraya la acción del Espíritu de Dios.

Autoridad moral

En íntima relación con el carisma anterior está la acción del Espíritu de Yahveh que suscita, entre los líderes del pueblo, este carisma. Por ejemplo, concede la equidad y la justicia (Is 32, 15) para que el juez pueda cumplir correctamente su misión; y la santidad: Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, un espíritu firme dentro de mí renueva (Sal 51, 12) tanto para el individuo como para el pueblo (cf. Is 59, 21).

Movimientos del Espíritu

Algunas narraciones de la acción del Espíritu en el Antiguo Testamento llaman la atención por el lenguaje en que son descritas. Es muy posible que se trate de figuras, pero vale la pena echar un vistazo a algunos textos: Y sucederá que, cuando me aleje de ti, el espíritu de Yahveh te llevará no sé dónde, llegaré a avisar a Ajab, pero no te hallará y me matará. Sin embargo, tu siervo teme a Yahveh desde su juventud (1 Re 18, 12). Y le dijeron: “Hay entre tus siervos cincuenta hombres valerosos; que vayan a buscar a tu señor, no sea que el espíritu de Yahveh se lo haya llevado y le haya arrojado en alguna montaña o algún valle”. Él dijo: “No manden a nadie” (2 Re 2, 16); Entonces, el espíritu me levantó y oí detrás de mí el ruido de una gran trepidación: “Bendita sea la gloria de Yahveh, en el lugar donde está” (Ez 3, 12). Estos son solamente algunos ejemplos (puede verse también Ez 3, 14; 8, 3; 11, 1.24; 43, 5). Llama la atención la afirmación de que el Espíritu traslada o se lleva a alguien a otro lugar: El espíritu me elevó y me condujo al pórtico oriental de la Casa de Yahveh, el que mira a oriente. Y he aquí que a la entrada del pórtico había… (2 Re 2, 16. Puede verse también Ez 11, 24; 43, 5).

Habilidades

La acción del Espíritu de Yahveh se manifiesta en el Antiguo Testamento también en las capacidades y habilidades que el Señor concede a algunas personas en beneficio de la comunidad; por ejemplo, la sabiduría (Dan 5, 14; cf. Dt 34, 9), el adentrarse en los misterios divinos (Dan 4, 5; 5, 11), la razón (Mal 2, 15); el sentido artístico (Éx 28, 3), pensamientos sabios (Job 32, 18), la habilidad para planear (1 Cr 28, 12), el conocimiento, pues el Espíritu conoce más que el hombre (Job 28, 3). Algunos de estos carismas han sido ya mencionados en los dones del Espíritu. De estos carismas, destaco de modo especial la inspiración artística (Hablarás tú con todos los artesanos hábiles a quienes he llenado de espíritu de sabiduría, Ex 28, 3), puesto que a los artistas se les dará la orden de hacer imágenes en el templo de Jerusalén (Ex 25, 1.18; Nm 7, 89; 1 Re 6, 23-28); así como el de diseñar y confeccionar las vestiduras sacerdotales (Éx 28, 4-20) con bordados y pedrería.

Los carismas de liderazgo y de fuerza moral para los guías del pueblo significan que tanto los reyes (son “mesías”, esto es, ungidos) como los jueces y los profetas tienen, para cumplir su misión, carismas del Espíritu de Dios. El rey, por ejemplo es llamado nuestro espíritu vital (Lam 4, 20; cf. Job 28, 3). En los jueces de manera especial se percibe la acción del Espíritu del Señor. Por ejemplo, en el caso de Otoniel: El espíritu de Yahveh vino sobre él, fue juez de Israel y salió a la guerra. Yahveh puso en sus manos a Kusán Riseatáyim, rey de Edom y triunfó sobre Kusán Riseatáyim (Jue 3, 10), o de Jefté: El espíritu de Yahveh vino sobre Jefté, que recorrió Galaad y Manasés, pasó por Mispá de Galaad y de Mispá de Galaad pasó donde los ammonitas (Jue 11, 29), o de Gedeón: El espíritu de Yahveh revistió a Gedeón; él tocó el cuerno y Abiezer se reunió a él (Jue 6, 34). Finalmente se puede mencionar también el caso de Josué, el sucesor de Moisés en el liderazgo del pueblo: Respondió Yahveh a Moisés: “Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el espíritu, impónle tu mano” (Nm 27, 18).

Sin embargo, son los profetas, los hombres de espíritu (cf. Gn 41, 38), en quienes el Espíritu actúa y a través de quienes se manifiesta la Palabra de Dios al pueblo para llamarlos a la fidelidad a la alianza pactada. En su misión, los profetas son movidos por el Espíritu de Dios y fortalecidos con carismas especiales, tales como la palabra profética: El espíritu de Yahveh habla por mí, su palabra está en mi lengua (2 Sam 23, 2; cf. 1 Re 22, 24; Is 61, 1; Ez 11, 5; Jl 2, 28-29; 2 Cr 24, 20); o las visiones: El espíritu me elevó entre el cielo y la tierra y me llevó a Jerusalén, en visiones divinas, a la entrada del pórtico interior que mira al norte (Ez 8, 3) o éxtasis: Te invadirá (Saúl) entonces el espíritu de Yahveh, entrarás en trance con ellos y quedarás cambiado en otro hombre… Desde allí fueron a Guibeá, y he aquí que venía frente a él un grupo de profetas; le invadió el espíritu de Dios y se puso en trance en medio de ellos (1 Sam 10, 6.10); otro ejemplo: Mandó Saúl emisarios para prender a David; vieron éstos la agrupación de los profetas en trance de profetizar, con Samuel a la cabeza. Vino sobre los emisarios de Saúl el espíritu de Dios y también ellos se pusieron en trance… Se fue de allí a las celdas de Ramá y vino también sobre él el espíritu de Dios e iba caminando en trance hasta que llegó a las celdas de Ramá (1 Sam 19, 20.23).

Los datos vistos hasta aquí descubren una acción del Espíritu de Yahveh en el Antiguo Testamento que, por una parte, produce una gran satisfacción al contemplar la grandeza del Señor y una alabanza por las maravillas que hace entre los hombres, a pesar del pecado de éstos. Sin embargo, por otra parte, surge el cuestionamiento de qué novedad es la que aporta el Nuevo Testamento, si ya en el Antiguo el Espíritu de Yahveh obra maravillas. En este sentido es preciso notar que, en el Antiguo Testamento, la acción del Espíritu no es sobre todo el pueblo, sino sobre algunos siervos de Dios, a quienes el Señor concede la acción del Espíritu. Por otra parte, no es una acción permanente, sino por momentos, según la libertad del Espíritu, incluso sin que el hombre, por su parte, se lo proponga, como en algunas circunstancias en el caso de Saúl, arriba mencionado.

Preguntas

  • ¿Por qué podemos hablar de carismas del Espíritu en el Antiguo Testamento?
  • ¿Qué carismas aparecen en el Antiguo Testamento?
  • ¿Qué caracteriza los carismas del Antiguo Testamento?

Bendito seas, Dios Padre todopoderoso; bendito seas, Señor Jesucristo, Hijo único del Padre; bendito seas, Espíritu Santo, que hablaste por los profetas. Padre, por la preciosa sangre de tu Hijo, límpiame de mis pecados, dame la gracia de ser dócil a la acción del Espíritu. Santo Espíritu, derrama abundantemente sobre mí tu acción, tus gracias y dame el poder ser instrumento de tu acción en medio de mis hermanos. Amén.

Destacados

Saldrá un vástago del tronco de Jesé… Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh (Is 11, 1-3).

En el Antiguo Testamento, la acción del Espíritu no es sobre todo el pueblo, sino sobre algunos siervos de Dios, a quienes el Señor concede la acción del Espíritu.