Por: Alberto Linero Gómez, Eudista.

De lo más traumático en mi vida de fe es el silencio de Dios. Hay días que no lo siento, no lo oigo, no lo veo; son días de ausencia total. Normalmente esos días coinciden con dos situaciones típicas: la gran cantidad de problemas y/o situaciones de "jartera de vida".

En los momentos de grandes dificultades, a veces, no encontramos una palabra de Dios, una acción que nos haga confiar y creer de nuevo. Es como si los problemas bloquearan todos nuestros sentidos  y no nos dejaran posibilidades de captar la presencia sublime de Dios. Creo que es lo que experimentan los discípulos: "Luego subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De repente, se levantó en el lago una tormenta tan fuerte que las olas inundaban la barca. Pero Jesús estaba dormido. Los discípulos fueron a despertarlo. ¡Señor, dijeron, sálvanos, que nos vamos a ahogar! Hombres de poca fe, les contestó, ¿por qué tenéis tanto miedo? Entonces se levantó y reprendió a los vientos y a las olas, y todo quedó completamente tranquilo. Los discípulos no salían de su asombro, y decían: ¿Qué clase de hombre es éste, que hasta los vientos y las olas le obedecen?" (Mateo 8,23-27).

Son esos momentos en los que los vientos de la adversidad, las olas del dolor, la tempestad de las emociones amenazan nuestra barca y Él parece no estar presente. El otro tipo de experiencias son esos días en los que al despertar nos sentimos vacíos, la rutina nos aburre y todo parece no tener sentido, son momentos de "jartera de vida". Ahí quisiéramos sentir que su voz se levanta y Él nos explica el sentido de todo, la dirección de la vida y el valor de cada acto. Pero nada, Dios permanece callado. ¿Qué hacemos en esos momentos? Se me ocurren tres actitudes, desde mi experiencia espiritual:

1. Saber que aunque esté callado está ahí. Que su silencio no significa abandono. Él nunca nos deja. Es preciso tener claro que aunque no lo escuchemos, Él sigue hablando. Aunque su actuación sea imperceptible a nuestros sentidos, Él no ha dejado de actuar. Hay que comprender que su presencia no está esclavizada a nuestra percepción. Descubrirlo en su silencio nos exige una gran conexión espiritual. Fue lo que pudo hacer Elías, quien no lo encontró en las manifestaciones teofánicas por antonomasia, sino en el silencio-ausencia (1Reyes 19,3-15).

2. Sigo contando con Él y por eso le sigo orando. Mi oración no puede depender de lo que siento, sino de lo que creo en lo profundo de mi corazón. Aunque no me conteste sigo pidiendo. Sé que está ahí. No importa que no haya manifestaciones extraordinarias, lo que importa es saber que no me deja. Cuando en el secreto de mi alcoba le cuento los secretos de mi corazón sé que está ayudándome así yo no sienta nada. Él me ama, me lo ha demostrado y el amor verdadero no se cambia.

3. Me armo de paciencia. Me cuesta mucho que las vainas no se den al ritmo que yo quiero. Y muchas de mis dificultades espirituales pasan porque Dios se demora en responder. Quien quiera vivir en relación con Dios tendrá que aprender a esperar, a confiar y a comprender el ritmo de Dios, siempre tan distinto al nuestro.

A mi me sirven estas actitudes, para seguir creyendo en medio de su silencio. Bendiciones. Estamos atentos.

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