Por Alberto Linero Gómez, Eudista

 

Una de las tensiones teológicas más interesantes en la historia es la de la gracia Divina y Esfuerzo humano. Está claro, para nosotros creyentes en Jesús, que no podemos vivir la vida en los extremos de esta relación: esto es, no podemos creer que todo es gracia y dejarle todo el trabajo a Dios, ni creer que todo es fruto del esfuerzo humano y abandonar cualquiera relación con Dios. Es necesario saber entender la relación y vivirla a plenitud.

 

La acción de Dios no anula la acción del hombre. Dios no hace lo que le corresponde hacer al ser humano. Él nos ha creado libres, inteligentes, conscientes y nos ha dado muchas capacidades para que sepamos construir la vida, no podemos pretender que sea Dios quien resuelva una y otra vez cada una de los problemas que tenemos y ocasionamos con nuestras decisiones. Hay que tener cuidado con todas esas expresiones espirituales que parecen dejarle todo el problema a Dios y que aseguran que Él los resolverá. No porque Dios no actúe en nuestra historia sino porque nosotros tenemos que asumir el rol que nos corresponde en esa situación. Dios actúa desde dentro del hombre, su Espíritu nos empuja y nos capacita para realizar nuestras tareas.

 

El esfuerzo humano no niega la acción de Dios. Debemos trabajar duro y consistentemente en la construcción de nuestro proyecto de vida. Es nuestra tarea y tenemos que asumirla libre, inteligente y conscientemente. Pero para nosotros los creyentes el límite de nuestras posibilidades no está en el agotamiento de nuestras capacidades, creemos que siempre con el poder de Dios podemos dar algo más, su ayuda nos hace trascender esas limitaciones.

 

San Agustín sostuvo siempre la compatibilidad de gracia y acción humana. Lo sostuvo contra sus antiguos correligionarios, contra el determinismo de los astrólogos, de quienes él mismo había sido víctima, y contra toda forma de fatalismo, explicó que la libertad y la presciencia divina no son incompatibles, como tampoco lo son la libertad y la ayuda de la gracia Divina. "Al libre albedrío no se le suprime porque se le ayude, sino que se le ayuda precisamente porque no se le elimina". Por lo demás, es célebre el principio agustiniano: "Quien te ha creado sin ti, no te justificará sin ti. Así, pues, creó a quien no lo sabía, pero no justifica a quien no lo quiere" (CARTA APOSTÓLICA AUGUSTINUM HIPPONENSEM, DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II).

 

El refranero popular recoge esta tensión diciendo: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Esto es, esperamos plenamente en Dios, en quien confiamos y de quien sabemos es todopoderoso pero a la vez nos esforzamos desde nuestras capacidades por conseguir eso que anhelamos y necesitamos. O como nos invitaba Clara Lubich: “Confiar en Dios como si todo dependiera de El y trabajar duramente como si todo dependiera de nosotros”. Es integrando la dos realidades en nuestra vida como podemos ser buenos creyentes. Asumimos nuestra tarea pero sabemos de la fuerza de Dios que actúa en nosotros y nos impulsa a conquistar los sueños que tenemos.

 

En términos de Pablo sería: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filp 4,13). Somos los sujetos de la acción y del esfuerzo, pero sabemos que contamos con el amor y el Espíritu de Dios que nos impulsa a alcanzar lo que nos proponemos. Mi invitación hoy es a que confíes en Dios y tengas una fe capaz de mover las montañas pero a la vez seas un ser humano que se esfuerza diariamente por dar lo mejor en cada una de las faenas que tiene que vivir. No te desanimes por las adversidades, Dios está contigo y te ayuda, pero da la batalla.

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