Por Alberto José Linero G., Eudista

 

De las cosas buenas de la vida: la palabra. Con ella construimos realidades que no existen, con ella acariciamos, con ella construimos relaciones profundas, con ella podemos salvar al otro… o perderlo. La palabra puede ser un instrumento poderoso, y no estoy hablando de las funciones mágicas, esotéricas, que la gente le da; a veces esa frase que repiten tanto “la palabra tiene poder”, no me gusta mucho porque se ha convertido en una especie de cliché que le da a la palabra una especie de halo mágico. 

Claro que tiene poder, pero el justo poder que nosotros le demos. Una palabra de otro puede significar algo, o no significar nada, dependiendo de cómo la tomemos. Igual una palabra nuestra puede tener sentido y pesar, o pasar inadvertida y no ser tomada en cuenta para nada. Y creo que la diferencia radica al respeto que nosotros mismos le damos a esa palabra nuestra. Cuando somos impecables con ella, es decir, cuando la empeñamos y cumplimos a rajatabla, cuando los otros saben que tiene importancia porque se la damos nosotros primeros, entonces nuestra palabra se convierte en algo digno. 

Dolorosamente hemos dejado que la palabra pierda su valor. Son muchos los que no cumplen lo que dicen o simplemente su discurso está lejos de su realidad. Hoy si no está por escrito o notariado el acuerdo parece no tener valor. Esto nos hace vivir una realidad confusa, insegura y no confiable, en la que todo estamos sospechando de los demás generando relaciones bien dañinas. Esa palabra daña, destruye y acaba con las relaciones. Terminan siendo palabras “golpes” que destruyen los puentes que las relaciones necesitan para seguir adelante. 

Cuando me preguntan por qué la gente me escucha, por qué les gusta mi predicación o mi manera de escribir –que no pretende ser otra cosa más que mis reflexiones sobre la vida y sobre Dios-, yo creo que la respuesta es: porque intento vivir como hablo, porque mi palabra es reflejo de lo que hay en mi corazón. La palabra dice mi realidad y las personas que me escuchan así lo comprenden. Puede ser una situación de dificultad, de tristeza, de pecado, de miedo, de triunfo, de bendición pero queda expresada en la palabra que se dice. Cuando hay coherencia entre lo que se vive, se siente y se dice, esa palabra tiene mucho poder porque tiene el poder de la autenticidad y del amor.

Y creo que eso es algo que todos deberíamos tener; por eso quisiera invitarte a tener un respeto profundo por tu palabra, a no mancharla, a no ponerla en tela de juicio, ni a extender un manto de duda sobre ella, pues tu palabra valdrá, exactamente, el mismo valor que le das. Sé que puedes hacer grandes diferencias con tu palabra; este mundo necesita voces que griten nuevas cosas, importantes realidades, pero voces que otros quieran escuchar porque comunican vida, porque soportan la vida misma como prueba.

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