142. Por su revelación, "Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía" (DV 2). La respuesta adecuada a esta invitación es la fe…

142. Por su revelación, "Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía" (DV 2). La respuesta adecuada a esta invitación es la fe.
El ser humano en respuesta a su relación con Dios, lo percibe como quien realmente lo ama, ya que constantemente se lo demuestra, en todas las obras que realiza para su salvación, es por medio de la fe en El, que el hombre responde a Dios, yendo a la oración, buscando distintas formas de relacionarse, de entrar en intimidad, de comunicarse, de dialogar, de confirmarles que está dispuesto a todo por cada ser humano sin importar su condición, cualquiera que esta sea.

143. Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (Cf. DV 5). La Sagrada Escritura llama "obediencia de la fe" a esta respuesta del hombre a Dios que revela (Cf. Rom 1,5; 16,26).
Por fe, el ser humano se rinde totalmente, entendiendo que todo cuanto posee, es semejanza de Dios, inteligencia y capacidad de amor, son los dos rasgos distintivos, que tiene la humanidad, que la acerca a Dios, que le permite expresar su fe, comprender cuál es el camino al que está llamada. En las Sagradas Escrituras, el hombre puede encontrar modelos de fe, que enseñan cómo recibir el amor y la revelación de su Gracia, estableciendo que es importante aprender a obedecer para no equivocarse en lo que quiere realizar y vivir desde la óptica de Dios.

Artículo 1 CREO I LA OBEDIENCIA DE LA FE

144. Obedecer ("ob-audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma.
Se nos propone ser obedientes por la fe, lo que implica un sometimiento a lo que ha dicho Dios por medio de su Palabra, desde el principio, ha querido que vivamos en relación con El, estableciendo un diálogo donde habla y nosotros escuchamos, esto a través de la Palabra, que inspirada por el Espíritu Santo, nos da a conocer la Verdad de Dios. Abraham, el Padre de la fe, en su historia en el Génesis, nos presenta cómo debe vivir alguien que tiene puesta su fe en Dios, ya en María encontramos la plenitud del creyente, que se abandona totalmente en la voluntad de Dios.

Abraham, "el padre de todos los creyentes"

145 La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados insiste particularmente en la fe de Abraham: "Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba" (Hb 11,8; Cf. Gn 12,1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (Cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio (Cf. Hb 11,17).
La vivencia en la fe de Abraham nos ilumina el camino a todos los creyentes, es normal dudar, pero a medida que se camina de la mano de Dios, las decisiones y opciones van tomando una dimensión que responde a la obediencia que debemos tener en relación a Dios, ante cada llamado de Dios, Abraham y su familia, camino en busca de esa propuesta que le hacía él Señor, con episodios naturales de la humanidad donde se vacila, pero al final la convicción, que Dios quiere lo mejor para nosotros, aunque no se de como nosotros esperamos, fortalecer nuestra fe en Dios es vital para esto.

146 Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: "La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Hb 11,1). "Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia" (Rom 4,3; Cf. Gn 15,6). Gracias a esta "fe poderosa" (Rom 4,20), Abraham vino a ser "el padre de todos los creyentes" (Rom 4,11.18; Cf. Gn 15,15).
Definitivamente quien pone su confianza en Dios, nunca será deufradad@, en su proceso de crecimiento en la fe en Yahvé, puesto que también era un proceso de conocimiento, como lo vivió Abraham, para poder constituirse en “Padre de los creyentes”, modelo y guía de todas las generaciones. Él espero, confíó en lo que le proponía Dios, que saliera de su tierra y de su gente, en búsqueda de una experiencia de conocer al mismo Dios, al mismo tiempo que se le promete lo más importante para un semita: tierra y descendencia, aunque no se viera nada, hay que esperar en lo prometido con la fuerte convicción que Dios nunca defrauda.

147 El Antiguo Testamento es rico en testimonios acerca de esta fe. La carta a los Hebreos proclama el elogio de la fe ejemplar de los antiguos, por la cual "fueron alabados" (Hb 11,2.39). Sin embargo, "Dios tenía ya dispuesto algo mejor": la gracia de creer en su Hijo Jesús, "el que inicia y consuma la fe" (Hb 11,40; 12,2).
Si el testimonio de los personajes del Antiguo Testamento acerca de la fe, nos mueve el corazón y nos invita a buscar incesantemente al Señor, cuánto más el de Cristo Jesús, que nos muestra la cercanía e intimidad en la relación con Dios Padre, y como esta nos ayuda a conocer la Voluntad de Dios, que no quiere que nos perdamos, sino que seamos salvos, el inicio y el culmen es la fe, que tengamos la certeza que sea lo que acontezca en nuestras vidas, Dios quiere lo mejor, así no sea como nosotros lo esperamos, lo único cierto de todo es que Él, nos ama, aunque tengamos fe como una semilla de mostaza.